sábado, 3 de enero de 2009
OMILIA DE MONSEÑOR ROUCCO VARELA EL DÍA DE LA CONCENTRCIÓN DE LAS FAMILIAS EN MADRID
De nuevo, este año, hemos venido a celebrar la Fiesta de la Sagrada Familia, la Familia de Jesús, María y José, a la madrileña Plaza de Colón, unidos a todas las familias cristianas de España en comunión de fe, esperanza y amor. Se ha iniciado nuestra celebración escuchando y acogiendo con afecto y gratitud filial las luminosas y estimulantes palabras que nuestro Santo Padre ha querido dirigirnos una vez más desde la Plaza de San Pedro en el marco del rezo dominical del Ángelus. El Papa, extraordinariamente sensible a las necesidades humanas y espirituales de la familia en estos momentos tan críticos por los que atraviesa la humanidad, ha querido alentarnos a todos los presentes, pero de un modo muy especial a las familias que formáis esta magna Asamblea eucarística, a ser testigos valientes e incansables del Evangelio de la Familia, con obras y palabras, en la Iglesia y en el mundo, porque del bien integral de la familia depende la suerte de toda la familia humana. En el corazón de este Evangelio se encuentra una verdad fundamental: la familia es gracia de Dios. Y un modelo para vivirla: la Sagrada Familia de Nazareth. Gracia de Dios quiere decir: la familia es fruto del amor creador y redentor de Dios. Y, el modelo de Nazareth, la posibilidad de vivir la familia en la integridad y belleza de su ser como comunidad indisoluble de amor y de vida, fundada en la donación esponsal del varón a la mujer y de la mujer al varón y, por ello, esencialmente abierta al don de la vida: a los hijos.
Esta verdad y este modelo de la familia, comprendida en toda su belleza, natural y sobrenatural, que ilumina la fe cristiana esplendorosamente, es lo que queremos vivir y celebrar hoy en esta Eucaristía, ¡el Sacramento del Amor de los Amores!, con el gozo de saberse hijos de Dios, destinados a vivir la existencia por los caminos del mundo y de la historia como una vocación para el amor. Esta verdad y este modelo de la verdadera familia, cuya actualidad no pasa nunca, es lo que queremos anunciar y presentar de nuevo hoy al mundo con nuestra celebración eucarística en la Plaza de Colón, no olvidando lo que tantas veces Juan Pablo II recordaba como “la regla de oro” de toda evangelización, la última vez, en aquella memorable Vigilia mariana de “Cuatro Vientos” con los jóvenes de España, el 3 de mayo del 2003, víspera de la canonización de cinco santos españoles del siglo XX, en esta misma plaza: “Testimoniad con vuestra vida –les decía– que las ideas no se imponen, sino que se proponen”. El Concilio Vaticano II había enseñado ya antes, en 1965, que “la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas”.
Estamos convencidos, por la gracia de Dios –la gracia que a todos se ofrece y que a nadie rechaza, a no ser que ella misma sea rechazada– de que no sólo es posible concebir, ordenar y vivir el matrimonio y la familia de forma muy distinta a la que en tantos ambientes de nuestra sociedad está de moda y que dispone de tantos medios y oportunidades mediáticas, educativas y culturales para su difusión, sino que, además, es la que responde a las exigencias más hondas y auténticas de amor y de felicidad que anidan en el corazón del hombre. ¡El futuro de la humanidad pasa por la familia!, insistía Juan Pablo II. La familia “es la principal agencia de paz”, afirmaba Benedicto XVI.
Es, por ello, una gran alegría poder saludaros a tantas familias venidas de todos los rincones de España, junto a las familias madrileñas, en nombre de los Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos, que concelebran conmigo en esta solemnísima Eucaristía de la Fiesta de la Sagrada Familia, y, también, en nombre de los numerosísimos sacerdotes concelebrantes, venidos no sólo de Madrid, sino de muchas otras Diócesis de España. ¡Os saludo, queridas familias, con aquel afecto pastoral que renace en cada Navidad al calor del Niño Jesús recién nacido en la cuna de Belén, muy cerca de María y de José, y os agradezco vuestra respuesta a la invitación para celebrar “eucarísticamente” el día de la Sagrada Familia en este lugar, vinculado por tantos y tan memorables acontecimientos a la más reciente historia de la Iglesia en España ¡Respuesta sacrificada y generosa!
El saludo se dirige, en primer lugar, con respeto y emoción agradecida a los abuelos, protagonistas callados pero decisivos hoy y tantas veces de la educación cristiana de sus nietos: los niños y los jóvenes en los que se cifra el inmediato futuro de la sociedad y de la Iglesia. Nuestro saludo se vuelve también cercano, afectísimo y animoso a los matrimonios, a los padres y madres de familia que llenáis con vuestros hijos la Plaza de Colón en este día tan señalado para las familias cristianas de España. ¡Estamos a vuestro lado con nuestra oración y nuestros desvelos de Pastores de la Iglesia en esta coyuntura histórica, excepcional por tantos motivos, en la que vuestros esfuerzos por hacer de vuestras familias santuarios de la vida, hogares del amor y testimonios de esperanza para los hombres y la sociedad de nuestro tiempo, resulta una tarea tan difícil como hermosa! Saludamos también con mucho afecto a los numerosos jóvenes que participan en la celebración con la alegría y el compromiso cristiano que hoy de nuevo han puesto a prueba con su desprendida y pronta colaboración para el mejor desarrollo de esta celebración; haced vuestro hoy, renovados en el amor a Jesús, José y María, el comportamiento en vuestras casas al que os exhorta la Palabra de Dios: “el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha” (Eclo 3, 2-6). Y, finalmente, nuestro más entrañable saludo va dirigido a los numerosos niños que tomáis parte, sin duda muchos por primera vez, en esta Fiesta de la Familia cristiana en la Plaza de Colón, rodeando el Altar de la Eucaristía. ¡Vosotros sois los preferidos del Señor! Jesús se lo decía y lo continúa diciendo en primer lugar a los mayores, pero también hablándoos a vosotros, queridos niños. Decía Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí porque de ellos es el reino de los Cielos”. Los niños necesitan de sus padres. Necesitan del amor de un padre y de una madre para poder ser engendrados, traídos al mundo, criados y educados conforme a la dignidad que les es propia desde el momento en el que son concebidos en el vientre materno: la dignidad de personas, llamadas a ser hijos de Dios. ¡De todos ellos, desde ese primer instante de su existencia, es el Reino de los Cielos! No podemos, ni queremos olvidarlos en esta celebración solemnísima de la Sagrada Familia. Estremece el hecho y el número de los que son sacrificados por la sobrecogedora crueldad del aborto, una de las lacras más terribles de nuestro tiempo tan orgulloso de sí mismo y de su progreso. Ellos son los nuevos “Santos Inocentes” de la época contemporánea. Por otro lado, el Santo Padre en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero del 2009, “Compartir la pobreza, Construir la paz”, llama la atención de la comunidad internacional sobre el dramatismo de los datos que se refieren a la pobreza de los niños y de cómo es a ellos a quienes golpean en primer lugar las situaciones de pobreza de sus familias: “Cuando la pobreza afecta a una familia –nos dice el Papa–, los niños son las víctimas más vulnerables: casi la mitad de quienes viven en pobreza absoluta son niños”.
Queridas familias: si quisiéramos cifrar la verdad del Evangelio de la Familia en un aspecto central que la inspira e ilumina en su totalidad, habríamos de afirmar: la función esencial de la familia es ejercer de cauce primordial para que el hombre descubra que su vocación, la que constituye la razón de ser de su existencia, es el amor: ¡participación en el amor verdadero, en el tiempo y en la eternidad!; por lo tanto ¡la participación en el amor que viene de Dios y a Dios lleva! “El hombre no puede vivir sin amor”, enseñaba Juan Pablo II en su primera Encíclica “Redemptor Hominis” (n. 10). Y añadía: el hombre “permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”. Benedicto XVI, por su parte, también en su primera Encíclica “Deus caritas est” (n. 28, b), recordaba que “quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto tal”. Cuando el varón y la mujer se entregan mutuamente para toda la vida en el verdadero matrimonio, se aman. Cuando no impiden que de la donación mutua de sus personas –de sus cuerpos y de sus almas– brote una vida nueva, la de sus hijos, pro-creados con Dios, están amando profundamente. Cuando los crían y educan con sacrificios sin cuento, siguen ejerciendo el amor bajo el signo de la Cruz gloriosa de Jesucristo. Y, los hijos… los hijos aprenden a amar experimentando cómo son amados gratuitamente, por sí mismos, y correspondiendo, de su parte, al amor de sus padres con su propio amor, desprendido y entregado sin reservas en la obediencia filial y en la compañía y sostén que deben prestarles durante todos sus días.
Muchas son en las actuales circunstancias, queridas familias, las dificultades de toda índole –económicas, sociales, jurídicas y culturales, morales y espirituales– que se interponen en el camino de la plena realización de vuestra vocación de esposos y de padres cristianos. ¿Cómo afrontarlas? ¡Mirando y siguiendo al modelo de la Sagrada Familia de Nazareth, siempre luminoso y siempre actual!
¿Cómo se enfrenta María con aquella situación, humanamente vista, insoluble, que resultaba de concebir al Hijo del Altísimo sin haber conocido varón? El repudio era la respuesta de la ley de su Pueblo. Y ¿cómo lo hace José, su esposo, ante la constatación de la evidencia del embarazo de su joven esposa antes de que viviesen juntos? María se confía totalmente a la voluntad de Dios. Se fía sin reserva alguna de las palabras del Ángel Gabriel que le asegura la plenitud de la gracia del Señor. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, es su respuesta. José, “que era bueno”, resuelve no denunciarla y repudiarla en secreto; pero cambia inmediatamente de opinión ante lo que le revela el Ángel, y la lleva a su casa, aceptando una paternidad, también desde el punto de vista humano, heroica. José obedece igualmente sin vacilar a la voluntad de Dios.
Ese sí confiado y entregado de ambos esposos a lo que quiere de ellos el Señor y a su gracia amorosa es su común respuesta: la que mantendrán firme y fielmente durante toda la vida, pese a que pronto se les iba a desvelar cuál sería el camino y el destino de aquel hijo intensa y piadosamente amado como no lo había sido nunca ningún hijo de los hombres ni lo sería después. Simeón, el anciano justo y piadoso que esperaba ver al Mesías antes de su muerte, al encontrarse con ellos en la entrada del Templo, adonde los padres del Niño Jesús le traían para ofrecérselo al Señor según la ley de Moisés, se lo predice con una escalofriante exactitud, dirigiéndose expresamente a María: “Mira éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y, a ti, una espada te traspasará el alma” (Lc 2,34-35). En definitiva, el amor a Dios y a aquel Hijo divino, que se les había confiado a pesar de su pequeñez y debilidad –¡amor de una ternura inigualable!- y la conciencia clara de que ese amor implicaba el estar dispuestos, sin ahorrar sacrificio alguno, a servirle en su obra salvadora de amor infinitamente misericordioso para con el hombre pecador, amenazado de ruina inminente, de muerte temporal y eterna, es lo que les inspira, impulsa y sostiene en la respuesta. ¡Una respuesta, finalmente victoriosa! ¡Una respuesta que vence al mundo!
¡Ése es el modelo, queridos padres y madres de familia cristiana! ¿Queréis ser fieles a vuestra vocación? Imitad a María y a José. Confiaros a su amorosa intercesión. Es cierto que vivir vuestro matrimonio como os lo pide la voluntad de Dios, Creador y Redentor del hombre, fundar, mantener y cuidar a vuestra familia según la ley de Dios, antigua y nueva, confiados en su gracia, supone hoy un reto formidable. La cultura del relativismo egoísta, del interés y de la competencia de todos contra todos, y la cultura de la muerte son muy poderosas. El lenguaje de la creación es claro e inequívoco respecto al matrimonio: un varón y una mujer, el esposo y la esposa que se aman para siempre y ¡dan la vida! “Es necesario que haya algo como una ecología del hombre, entendida en el sentido justo”, nos enseñaba el Papa hace pocos días en su discurso de Navidad a la Curia Romana y refiriéndose al valor insustituible de la ley natural como garantía del bien de la persona humana y de la familia. El lenguaje de la Palabra, hecha carne en el seno de la Virgen María, Palabra redentora que sana, eleva y santifica la creación, es de una claridad insuperable. ¡El amor de Dios ha triunfado para siempre por la Cruz y la Resurrección de Cristo! Es posible, más aún, es bello vivir el matrimonio y la familia como la Sagrada Familia de Nazareth. Es posible y es necesario dar testimonio ante el mundo de la alegría honda y duradera que trae la familia cristiana. Es posible y urgente vencer la cultura de la muerte con la cultura de la vida. Se puede y urge vencer la cultura de la dura y egoísta competencia, ¡de la egolatría!, con la cultura del amor verdadero. La familia cristiana puede y podrá asegurarse la victoria anunciando la verdad del Evangelio de la Familia con obras y palabras según el modelo de la Sagrada Familia de Nazareth, celebrando su Misterio en la Eucaristía y orando unida en comunión con la Iglesia, la nueva Familia de los Hijos de Dios. ¡No hay duda! ¡el futuro de la humanidad pasa por la familia, la familia cristiana!
A Jesús, María y José se la encomendamos fervientemente en esta piadosa y emocionante celebración eucarística con toda la fuerza y el amor de nuestra plegaria.
¡Dales tú, Señor, a estas familias, congregadas en tu nombre para celebrar el Sacrificio de tu Amor públicamente en esta plaza madrileña y universal de Colón, y a todas las familias de España, vivir la gracia de Dios que es su matrimonio y su familia con el gozo y la esperanza de ser testigos de tu alegría!
domingo, 15 de junio de 2008
Número de alumnos que estudian religión en España
COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS
De nuevo, como cada año escolar, la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis manifiesta su público agradecimiento a los padres de los alumnos en edad escolar por la opción libre que han realizado a favor de la enseñanza de la religión y moral católica para sus hijos, ejerciendo así el derecho fundamental a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que responda a sus convicciones.
Madrid, 25 de febrero de 2008
CIFRAS DE LOS CATÓLICOS EN EL MUNDO
.../ANUARIO ESTADISTICO 2006/LEV VIS 080527 (530)
domingo, 8 de junio de 2008
VALORACIÓN MORAL DEL TERRORISMO EN ESPAÑA,
VALORACIÓN MORAL DEL TERRORISMO EN ESPAÑA,DE SUS CAUSAS Y DE SUS CONSECUENCIAS
Instrucción Pastoral
Madrid, noviembre de 2002
Esto es solo un pedacito si queréis leerla entera pinchad en la siguiente dirección
http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/valoracion_terrorismo.htm,
Resalto la fecha para callar a todos los que se asustan de la nota emitida por la conferencia Episcopal el día 30 de enero del 2008, asegurando su publicación por motivos políticos partidistas.
III. Juicio moral sobre el terrorismo
11. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9). Con esta frase Caín se niega a aceptar la responsabilidad de la suerte de Abel y esconde la tragedia de un asesinato que quiere ocultar. Si Adán buscó esconderse de Dios después de haber pecado, Caín busca escapar de la responsabilidad ante su crimen. Un elemento fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral de sus acciones justificándolas ideológicamente. Esto se hace, en particular, mediante el método que se denomina de la transferencia de la culpa, que consiste en culpabilizar a quienes se oponen al terrorismo de ser los causantes de la violencia que los terroristas mismos ejercen.
La Doctrina de la Iglesia nos da luz en este punto y nos permite calificar netamente al terrorismo como una realidad perversa en sí misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales, reales o supuestos. Es más, hace posible que apreciemos hasta qué punto el terrorismo es una estructura de pecado generadora ella misma de nuevos y graves males.
a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable
12. El Magisterio de la Iglesia es unánime al declarar que el terrorismo, tal como lo hemos definido anteriormente, es intrínsecamente malo, y que, por tanto, no puede ser nunca justificado por ninguna circunstancia ni por ningún resultado[11]. En este sentido, volvemos a repetir la condena que hicimos en 1986, en la Instrucción Pastoral Constructores de la paz:
“El terrorismo es intrínsecamente perverso, porque dispone arbitrariamente de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a imponer violentamente el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en definitiva, la privación de la libertad social”[12].
El terrorismo merece la misma calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, prohibida por la ley natural y por el quinto mandamiento del Decálogo: no matarás (Ex 20, 13). Los católicos saben que no pueden negar, o pasar por alto, este juicio sin contradecir su conciencia cristiana y, en consecuencia, sin ir contra la lógica de la comunión de la Iglesia[13].
Denunciar la inmoralidad del terrorismo forma parte de la misión de la Iglesia como un modo de defender la dignidad de la persona en un asunto de la máxima repercusión social. No se puede aceptar en el caso del terrorismo la posibilidad reconocida por la Doctrina social de la Iglesia de la legitimidad de una revolución violenta cuando se la considera el único medio de defensa ante una injusta opresión sistemática y prolongada[14].
13. La calificación moral del terrorismo, absolutamente negativa, se extiende, en la debida proporción, a las acciones u omisiones de todos aquellos que, sin intervenir directamente en la comisión de atentados, los hacen posibles, como a quienes forman parte de los comandos informativos o de su organización, encubren a los terroristas o colaboran con ellos; a quienes justifican teóricamente sus acciones o verbalmente las aprueban. Debe quedar muy claro que todas estas acciones son objetivamente un pecado gravísimo que clama al cielo (Gn 4, 10)[15].
El llamado “terrorismo de baja intensidad” o “kale borroka” merece igualmente este juicio moral negativo. En primer lugar, porque sus agentes actúan movidos por las mismas intenciones totalitarias del terrorismo propiamente dicho. En segundo lugar, porque las actuaciones de este terrorismo de baja intensidad están frecuentemente coordinadas con las del terrorismo de ETA, ya que en la lucha callejera se preparan sus futuros agentes, como demuestra la experiencia, y con ella se destruye abusivamente el patrimonio común, se perturba la paz de los ciudadanos y se amenaza su seguridad y libertad. Ninguna consideración puede justificar esta forma de violencia, mantenida artificialmente, con el fin de sostener la influencia del terrorismo y extender socialmente sus ideas.
14. La presencia de razones políticas en las raíces y en la argumentación del terrorismo no puede hacer olvidar a nadie la dimensión moral del problema. Es ésta la que debe guiar e iluminar a la razón política al afrontar el problema del terrorismo. El olvido de la dimensión moral es causa de un grave desorden que tiene consecuencias devastadoras para la vida social. Siempre existirán pretendidas o reales razones políticas que resulten capaces de seducir el juicio de algunos presentando como comprensible e incluso plausible el recurso al terrorismo. Pero lo que es necesario aclarar es que nunca puede existir razón moral alguna para el terrorismo. Quien, rechazando la actuación terrorista, quisiera servirse del fenómeno del terrorismo para sus intereses políticos cometería una gravísima inmoralidad. Esto supondría aceptar una vez más el principio inmoral: “El fin justifica cualquier medio” (cf. Rm 3, 8)[16].
15. Tampoco es admisible el silencio sistemático ante el terrorismo. Esto obliga a todos a expresar responsablemente el rechazo y la condena del terrorismo y de cualquier forma de colaboración con quienes lo ejercitan o lo justifican, particularmente a quienes tienen alguna representación pública o ejercen alguna responsabilidad en la sociedad. No se puede ser “neutral” ante el terrorismo. Querer serlo resulta un modo de aceptación del mismo y un escándalo público. La necesidad moral de las condenas no se mide por su efectividad a corto ni largo plazo, sino por la obligación moral de conservar la propia dignidad personal y la de una sociedad agredida y humillada.
b) El terrorismo es una "estructura de pecado"
16. Al emitir el juicio de moralidad sobre el terrorismo, es necesario precisar – como hemos hecho - que se trata de un acto intrínsecamente perverso. Pero con esta afirmación no está aún suficientemente explicitada la maldad moral del terrorismo.
La multiplicación y continuidad de acciones criminales, el intento de justificarlas mediante la propaganda política y la transferencia de la culpa, que pretende presentar tales acciones como respuesta a una violencia originaria, dan lugar a una estructura de violencia moralmente perversa. Esta conjunción entre el terror y la ideología va más allá de las acciones criminales concretas que los terroristas perpetran. Además, persigue y, desgraciadamente, consigue con frecuencia, una perversión sistemática de las conciencias. Por tanto, al hablar del terrorismo debemos entenderlo como una estructura de pecado. “Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado social”[17]. Siguiendo la doctrina de Juan Pablo II, una estructura de pecado es el resultado de una efectiva intención de alcance social que se dirige no sólo a la comisión de actos intrínsecamente malos, sino que busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable. O, en palabras del propio Papa, estructura de pecado es:
“la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, y parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar”[18].
17. Más en concreto, se pueden aplicar al terrorismo las siguientes afirmaciones de Juan Pablo II, referidas a la “cultura de la muerte”, reiteradamente denunciada por él. La maldad del terrorismo no se circunscribe sólo a los actos que realiza,
“también se cuestiona, en cierto sentido, la “conciencia moral” de la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la “cultura de la muerte”, llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas “estructuras de pecado” contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida”[19].
La presencia del terrorismo difunde en su entorno una verdadera “cultura de la muerte” en la medida en que desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la vida de las personas, cuenta con la muerte injusta y violenta de personas inocentes como un medio provechoso para conseguir unos fines determinados e impulsar de este modo un falso desarrollo de la sociedad. La vida humana queda así degradada a un mero objeto, cuyo valor se calcula en relación con otros bienes supuestamente superiores[20].
En definitiva, el terrorismo es un rostro cruel de la “cultura de la muerte” que desprecia la vida humana por pretender el poder “a cualquier precio”[21], y que coloniza las conciencias instalándose en ellas como si se tratara de un modo normal y humano de ver las cosas.
c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos
18. El terrorismo busca dos efectos directos y negativos en la sociedad: el miedo y el odio. El miedo debilita a las personas. Obliga a muchos a abdicar de sus responsabilidades, al convertirse en objeto de posibles acciones violentas. No nos referimos sólo a los asesinatos, sino también a las amenazas, insultos y actos violentos que hacen imposible en la vida cotidiana la convivencia en paz y libertad, hasta el extremo de comprometer la propia legitimidad de los procedimientos democráticos. No pocos son víctimas de una espiral de terror o de extorsión económica, soportadas dolorosamente. Ceder al chantaje de la violencia, por temor, lleva a la sociedad (individuos, grupos, instituciones, partidos políticos) a no enfrentarse con suficiente claridad al terrorismo y a su entorno, de forma que los terroristas monopolizan, con frecuencia, el dinamismo de la vida social y el significado político de algunos acontecimientos. Además, se llega a aceptar como inevitables violencias menores que extienden el clima de crispación y confrontación.
19. El miedo favorece el silencio. En una sociedad en la que la violencia y su presencia cercana acumulan la tensión, determinados asuntos no pueden abordarse en público por miedo a graves consecuencias. Esto se nota sobre todo en el uso tergiversado del lenguaje. El peor de los silencios es el que se guarda ante la mentira[22], pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.
20. Junto con el miedo, el terrorismo busca intencionadamente provocar y hacer crecer el odio para alimentar una espiral de violencia que facilite sus propósitos[23]. En primer lugar, atiza el odio en su propio entorno, presentando a los oponentes como enemigos peligrosos. Fomenta con insistencia el recuerdo de los agravios sufridos y exagera las posibles injusticias padecidas. Ya se sabe que presentar un enemigo a quien odiar es un medio eficaz para unir fuerzas, por un sentido grupal de defensa en común.
En este contexto, la legítima represión de los actos de terrorismo por parte del Estado es interpretada como una opresión insufrible de un poder violento o de una potencia extranjera. Por el contrario, la verdad que debemos recordar es que la autoridad legítima debe emplear todos los medios justos y adecuados para la defensa de la convivencia pacífica frente al terrorismo.
21. Más allá de su propio entorno, los terroristas tratan también de provocar el odio de quienes consideran sus enemigos, con el fin de desencadenar en ellos una reacción inmoderada que les sirva de autojustificación y les permita continuar con su estrategia de extensión del terror y de transferencia de la culpa.
La espiral del odio y del terror se manifiesta, en particular, en sensibilidades exacerbadas a las que les es difícil hacer un análisis de la realidad. Genera así un clima de crispación en el que cualquier detalle hace surgir una respuesta violenta, también la violencia verbal. La implantación del odio y de la tensión en la vida social es, evidentemente, un triunfo notable del terrorismo. Reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de ETA, en la medida en que divide a la sociedad en bandos enfrentados e irreconciliables, es favorecer los fines de los terroristas, aceptar sus tesis del conflicto irremediable, preparar y facilitar la aceptación y el reconocimiento de las pretensiones rupturistas.
22. Otra consecuencia perniciosa de la espiral del odio y del miedo que el terrorismo genera es la “politización” perversa de la vida social, es decir, la consideración de la vida social únicamente en función de intereses de poder. De este modo la tensión se extiende a los hechos más nimios de la vida cotidiana: todo resulta relevante para la descalificación de aquéllos cuya opción política no coincida con los planteamienteos auspiciados por los terroristas. Esta presión del día a día juega un papel decisivo en la deformación de las conciencias que conduce a relativizar el juicio moral que el terrorismo merece.
Un aspecto especialmente importante en el que se evidencia esta perversa “politización” es el olvido que, con frecuencia, sufren las víctimas del terrorismo y su drama humano. Atender a las personas golpeadas por la violencia es un ejercicio de justicia y caridad social y un camino necesario para la paz. Tampoco los presos por terrorismo dejan de ser objeto de una “politización” ideológica que oscurece su problema humano. La Iglesia reconoce sin ambages la legitimidad de las penas justas que se les imponen por sus crímenes, a la vez que defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a su dignidad personal inamisible.
23. El terrorismo se muestra como una "estructura de pecado", y es una cultura, un modo de pensar, de sentir y de actuar, aun en los aspectos más corrientes del vivir diario, incapaz de valorar al hombre como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27; 2, 7). Y cuando esa cultura arraiga en un pueblo, todo parece posible, aun lo más abyecto, porque nada será sagrado para la conciencia.
Al pronunciar nuestro juicio moral queremos mostrar que es posible una valoración neta y definitiva del terrorismo, por encima de las circunstancias coyunturales de un momento histórico.
IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”
24. Una primera aproximación a ETA muestra la complejidad del fenómeno. El grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País Vasco por todos los medios. Si se desea acertar en la valoración moral de ETA, será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad.
25. ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En la memoria de todos están los casos de secuestros y de asesinatos a sangre fría y a plazo marcado, así como agresiones y crímenes contra personas de toda índole y condición. No se trata de “errores de cálculo” ni de casos que se les hayan “ido de las manos”. Tampoco podemos admitir que la diversificación de las víctimas suponga que algunas de ellas fueran “justos objetivos militares”, mientras que otras serían tan sólo efectos colaterales indeseados.
La crueldad de ETA sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos descrito y calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de una ideología en toda la sociedad y la creación de una espiral de muerte, de odio y de miedo reactivo y adormecedor de las conciencias.
Aplicando a ETA y a otras organizaciones con similares características ideológicas el calificativo moral de “terrorista”, afirmamos que son intrínsecamente perversas en cuanto organización, ya que su modo de juzgar la realidad, la dirección de sus acciones y su estructura interna, están orientados a la provocación y difusión del terror.
La vida es siempre un bien
Nota de los Obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida con ocasión de la VII Jornada Nacional por la VidaFrente al mal, está el bien; frente a la muerte, la vida (Sir 33,14)
1. Promover una cultura de la vida
Coincidiendo con la solemnidad de la Encarnación del Señor, que este año se celebra el 31 de marzo, la Iglesia en España celebra la VII Jornada por la Vida , que es una invitación a la oración y a proclamar el valor sagrado de toda vida humana desde su comienzo en la fecundación hasta su fin natural. De esta oración debe brotar un compromiso decidido para vencer al mal a fuerza de bien, a la «cultura de la muerte» promoviendo una cultura que acoja y promueva la vida.
El misterio de la Encarnación del Señor nos invita a considerar la grandeza y dignidad de la vida humana. Como nosotros, el Hijo de Dios comenzó su vida humana en el seno de su Madre. Por eso, este misterio nos recuerda que desde el momento de la concepción, la vida humana tiene un valor sagrado que todos debemos reconocer, respetar y promover: «la vida del hombre es don de Dios, que todos están llamados a custodiar siempre»[1].
Los obispos sentimos el deber de promover en la Iglesia y en la sociedad el valor de la vida humana, alentando todas las iniciativas que promueven la familia y la vida como, por ejemplo, la moratoria internacional sobre el aborto.
2. «Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente»
Hace poco, la sociedad española se ha sentido conmovida por ciertas prácticas abortivas y la crueldad de los medios utilizados para ocultarlas. Esta realidad, que los obispos venimos denunciando desde hace años[2], ha suscitado de nuevo el debate sobre el aborto en nuestra sociedad.
Como ya dijimos[3], aun considerando como un gran avance el cese de la práctica ilegal del aborto, la acción genuinamente moral y humana sería la abolición de la «ley del aborto», que es una ley injusta[4]. Juan Pablo II nos dijo en Madrid en 1982: «Quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad»[5].
Invitamos a los fieles a que eleven su oración al Señor para que ilumine la conciencia de nuestros conciudadanos, especialmente la de los políticos. Que el Dios de la vida les ayude a comprender y remediar el enorme drama humano que el aborto supone para el niño en el seno de su madre, para la propia madre, y para la sociedad entera. La ley del aborto debe ser abolida, al tiempo que hay que apoyar eficazmente a la mujer, especialmente con motivo de su maternidad, creando una nueva cultura donde las familias acojan y promuevan la vida. Una alternativa importante es la adopción. Miles de esposos tienen que acudir a largos y gravosos procesos de adopción mientras en España más de cien mil niños murieron por el aborto durante el año 2006.
3. La conciencia del católico ante la vida humana
Nos dirigimos ahora a los católicos para recordarles sus obligaciones morales y de conciencia. Ningún católico, ni en el ámbito privado ni público, puede admitir en ningún caso prácticas como el aborto, la eutanasia o la producción, congelación y manipulación de embriones humanos, La vida humana es un valor sagrado, que todos debemos respetar y que las leyes deben proteger.
No puede sostenerse que el aborto es inadmisible para un católico pero que esto no obliga al que no lo es. Al contrario, «el cristiano está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia»[6].
Por eso, si algún católico albergara dudas sobre este tema, debería acudir a la oración para pedir la luz del Espíritu Santo. También podrá informarse de las razones por las que la Iglesia sostiene, siempre con argumentos teológicos, filosóficos y científicos sólidos, el valor y la dignidad de la vida personal desde la fecundación hasta la muerte natural.
4. Dios ama también la vida enferma y débil
La vida es una realidad maravillosa que no deja de sorprendernos. Cuantos más datos nos proporciona la ciencia, mejor podemos comprender que la vida del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es un misterio que desborda el ámbito de lo puramente bioquímico.
En su constante progreso, la ciencia afirma cada vez con más fuerza que desde la fecundación tenemos una nueva vida humana, original e irrepetible, con una historia y un destino únicos. Una vida que tiene que ser acogida, respetada y amada: «es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal»[7].
Pedimos al Señor que en esta Jornada, contemplando el misterio de su encarnación, sepamos acoger como la Virgen María el don de la vida, y aprendamos de la madre del amor hermoso a defender y promover la vida en todos sus momentos, proclamando que «frente a la muerte está la vida» (Sir 33,14).
Madrid, 8 de marzo de 2008
Los Obispos de la Subcomisión Episcopal de Familia y VidaX Mons. Julián Barrio Barrio, Presidente de la CEAS, X Mons. Juan Antonio Reig Pla, Presidente de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida, X Mons. Francisco Gil Hellín, X Mons. Vicente Juan Segura, X Mons. Manuel Sánchez Monge
[1] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la XXII Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, 17-XI-2007.
[2] Como ejemplo remitimos nuestras notas para la Jornada de la Vida: «La vida humana, don precioso de Dios» (2005); «Amar y promover la vida» (2006); «Por una cultura de la vida» (2007).
[3] cf. Por una cultura de la vida. Nota de los Obispos de la Subcomisión de Familia y Vida, 2007.
[4] Nos referimos a la Ley Orgánica 9/1985 que despenaliza el aborto en ciertos supuestos (artículo 417bis del código penal).
[5] Juan Pablo II, Homilía en la Misa de las Familias, Madrid, 2-XI-1982.
[6] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la asamblea general de la Academia Pontificia para la Vida, 20-III-2007
[7] Benedicto XVI, Angelus 3-II-2008.
jueves, 6 de marzo de 2008
Orientaciones Morales ante la situación actual de España (24-Noviembre-2006)

RESUMEN La Instrucción Pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España es un documento con el que los Obispos ofrecen su aportación al discernimiento que hoy es necesario hacer, en unos momentos de especial complejidad. El texto pretende favorecer la comunión eclesial y animar a los católicos a participar activamente en la vida pública, al tiempo que quiere ayudar a todos a descubrir las implicaciones morales de la situación actual, con la convicción de que ello es un requisito indispensable para una sana vida democrática. La Instrucción consta de tres capítulos, precedidos por una introducción y culminados con una conclusión, en los que se describe la situación actual y se analizan sus causas; se realiza una llamada a superar la desesperanza, el enfrentamiento y el sometimiento, así como a anunciar el gran sí de Dios a la Humanidad en Jesucristo; y se propone un reforzamiento de la identidad católica para llevar a cabo cualquier acción en la sociedad y se anima explícitamente a los católicos a vivir la caridad social para el fortalecimiento moral de la vida pública. Capítulo I. Una situación nueva: fuerte oleada de laicismo El documento destaca en este capítulo dos datos relevantes en la historia reciente de España, uno positivo y otro negativo: el advenimiento de la democracia y el desarrollo alarmante del laicismo. Primeramente, elogia los grandes valores morales que, sobre el trasfondo espiritual de la reconciliación, hicieron posible la Constitución de 1978, que ha propiciado treinta años de estabilidad y prosperidad, y subraya el importante papel que la Iglesia y los católicos españoles jugaron en el establecimiento de la democracia. A continuación, llama la atención sobre el peligro que supone dilapidar los bienes alcanzados y reabrir viejas heridas con una utilización de la “memoria histórica” guiada por una mentalidad selectiva. Por otro lado, la Instrucción Pastoral recalca que para interpretar y valorar las nuevas circunstancias, es necesario tener en cuenta el desarrollo del laicismo en nuestra sociedad, invadida por un modo de vida en el que la referencia a Dios es considerada como algo negativo. De la mano del magisterio de Benedicto XVI, el documento critica el relativismo moral que, paradójicamente, pretende engrandecer al hombre, colocándolo en el centro de todo y termina por reducirlo a un mero fruto del azar, impersonal, efímero y, en definitiva, irracional. El laicismo radical y excluyente, impulsado por algunos sectores, está en la base de algunas legislaciones, promovidas recientemente en España, que deterioran gravemente el bien común de una sociedad, formada en buena parte por católicos. El texto expresa el deseo de los Obispos de que se pueda ir encontrando poco a poco el ordenamiento justo para que todos podamos vivir de acuerdo con nuestras convicciones sin que nadie pretenda imponer a nadie sus puntos de vista por procedimientos desleales e injustos. En el documento, los obispos realizan un ejercicio de autocrítica y señalan que también la falta de clarividencia y de vida santa entre los católicos han contribuido al oscurecimiento de la fe y al desarrollo de la indiferencia y del agnosticismo teórico y práctico en nuestra sociedad. Capítulo II. Responsabilidad de la Iglesia y de los católicos Los obispos alertan de que, en las circunstancias actuales, hay que evitar el riesgo de adoptar soluciones equivocadas que, a pesar de sus aparentes claridades, en realidad, se basan en fundamentos falsos, no cristianos. Algunas de esas tentaciones son la desesperanza, especialmente acuciante en un contexto se hace patente la pérdida de influencia por parte de los católicos, pero que carece de sentido en una Iglesia que no pone nunca su esperanza ni encuentra su apoyo en ninguna institución temporal, sino en Jesucristo, su único Señor; el enfrentamiento, que lleve a no caer en la cuenta de que las diferencias no tienen por qué degenerar en conflictos; y el sometimiento, que ceda a la tentación de diluir la propia identidad e incluso renunciar a ella para acomodarse al contexto social. Por el contrario, como dijo Benedicto XVI en Verona, en estos momentos los católicos seguimos teniendo la gran misión de ofrecer a nuestros hermanos el gran “sí” que en Jesucristo Dios dice al hombre y a su vida, a la amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia. Capítulo III. Discernimiento y orientaciones morales. Los Obispos señalan que cualquier tarea que los católicos quieran emprender en esta situación ha de realizarse desde una identidad católica vigorosa que incluye formación en la fe, anunciar el evangelio del matrimonio y de la familia, y cuidar la Eucaristía dominical. Asimismo apuntan que es necesario estimular a los católicos para vivir la caridad social y fortalecer así moralmente vida pública. En este sentido se desgranan en este capítulo las siguientes cuestiones: democracia y moral, donde se explica que la democracia y los procedimientos democráticos no son la última referencia moral de los ciudadanos, y se ayuda a descubrir que los fundamentos prepolíticos de la democracia radican en la verdad del ser humano; el servicio al bien común, como fundamento de valor y de la excelencia de la vida pública; la mejora de la democracia, donde se señala que es absolutamente necesario respetar el recto funcionamiento de las instituciones, especialmente la autonomía del poder judicial y la libertad de los jueces; el respeto y protección de la libertad religiosa, donde se recoge que un Estado laico, verdaderamente democrático, es aquel que valora la libertad religiosa como un elemento fundamental del bien común, digno de respeto y protección; el terrorismo, intrínsecamente perverso, del todo incompatible con una visión moral de la vida, justa y razonable. En este punto se afirma que es objetivamente ilícita cualquier colaboración con los terroristas, con los que los apoyan, encubren o respaldan, y que una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político legítimo de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político. Las víctimas del terrorismo ocupan un lugar destacado en este epígrafe. Los Obispos les expresan su afecto, respeto y solidaridad, extensibles a sus familiares, amigos y personas que han sufrido directa o indirectamente el terrorismo; respecto a los nacionalismos y sus exigencias morales, se aporta una palabra sosegada y serena que ayude a orientarse en la valoración moral de los nacionalismos en la situación concreta de España. La Iglesia reconoce la legitimidad de las posiciones nacionalistas, siempre que, como todo proyecto político justo, se justifiquen en referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. En esta cuestión la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y respeto hacia el bien de los demás; el capítulo termina con el apartado dedicado al ejercicio de la caridad que refleja cómo la Iglesia tiene que ser y aparecer, vivir y actuar, como una verdadera comunidad de amor; un amor, vivido y practicado con generosidad y eficacia, especialmente en aquellos casos de urgencia como pueden ser, en la actualidad, el fenómeno de la inmigración, los que no tienen trabajo, los que están solos, o las mujeres víctimas de la violencia doméstica, entre otros. La Instrucción Pastoral concluye expresando la voluntad de todos los católicos de vivir en la sociedad desde el respeto y libertad para poder proponer libremente la manera propia de ver las cosas y desde ahí poder colaborar sinceramente en el enriquecimiento espiritual de la sociedad. | |
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Mensaje para la Jornada Mundial del SIDA

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
1. Mientras la comunidad internacional se prepara a celebrar también este año la Jornada Mundial del SIDA, en calidad de Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, deseo unirme a los esfuerzos e iniciativas que se realizan en todo el mundo en el marco tanto de la prevención como de la asistencia a los enfermos, para enviar en nombre de la Iglesia Católica, a las organizaciones e instituciones internacionales, a los gobiernos, a las organizaciones no gubernamentales, así como a las agencias y a las asociaciones católicas que están comprometidas en el territorio con el afán de detener el terrible flagelo, un Mensaje de amor y de esperanza a las familias y a las personas afligidas por el terrible mal.
2. En nombre del Santo Padre Juan Pablo II, os exhorto queridos hermanos y hermanas en Cristo, a fin de que, junto a vosotros hombres y mujeres de buena voluntad, no dejéis pasar en vano este momento propicio; aprovechad esta circunstancia favorable para estudiar y buscar juntos caminos nuevos y medios adecuados que lleven a la gente y en particular a los jóvenes, a adoptar comportamientos y costumbres de vida respetuosos de los auténticos valores de la vida y del amor. Se trata de presentar este camino maestro como prevención eficaz contra el contagio y la difusión del VIH/SIDA, ya que el fenómeno del SIDA es una patología del espíritu que, además del cuerpo, implica toda la persona, las relaciones interpersonales, la vida social y familiar y a menudo está acompañado por una crisis de los valores morales. Al respecto, Juan Pablo II manifiesta que “no estamos lejos de la verdad si afirmamos que, paralelamente a la difusión del SIDA se está manifestando algo así como una inmunodeficiencia en el ámbito de los valores existenciales, que debe ser reconocida como verdadera patología del espíritu.” (Discurso a los participantes en la IV Conferencia Internacional: Vivir: ¿para qué? El SIDA, 13-15 noviembre 1989, en Dolentium Hominum 13 (año V-n.1) 1990, n. 4, pág. 7).
3. Desde el punto de vista estadístico, la pandemia del VIH/SIDA aumenta de modo espantoso:
Según las estadísticas oficiales de UNAIDS, a fines del 2002
· 42 millones de personas viven con el VIH/SIDA, de las cuales 19,2 millones son mujeres y 3,2 millones son niños por debajo de 15 años;
· 5 millones de nuevas infecciones del VIH/SIDA en el 2002, de los cuales 2 millones son mujeres y 800 mil son niños por debajo de 15 años;
· 3,1 millones de personas han muerto de SIDA en el 2002, de las cuales 1,2 millones han sido mujeres y 610 mil niños por debajo de 15 años.
4. Desde la aparición de esta terrible enfermedad, respondiendo a la llamada del Santo Padre Juan Pablo II que estimulaba una mayor movilización de las fuerzas y de los recursos y un compromiso concreto de parte de la Iglesia tanto para prevenir como para asistir de diferentes modos a los enfermos de SIDA, la Santa Sede, las Conferencias Episcopales, las Diócesis, las Congregaciones religiosas, los Hospitales y los Centros socio-sanitarios, las Organizaciones y asociaciones católicas han redoblado sus esfuerzos para poner en marcha actividades e iniciativas incisivas y capilares con el fin de limitar el fenómeno, recordando sobre todo a la comunidad eclesial y a la sociedad en general, la importancia de respetar los valores morales y religiosos de la sexualidad y del matrimonio, como por ejemplo la fidelidad, la castidad y la abstinencia, y ofreciendo concretamente a los enfermos en sus variadas estructuras una digna asistencia humana, social, médico-sanitaria y espiritual.
5. El compromiso y la actividad de la Iglesia en los varios continentes se refieren a la prevención, a la educación y a la asistencia multiforme a los enfermos y a sus familiares.
En Africa (por ejemplo en Angola, Burundi, Camerún, Costa de Marfil, Ghana, Guinea, Mali, República Centroafricana, Senegal, Uganda, Zambia), la Iglesia lleva adelante programas educativos y pastorales a favor de la formación de los agentes sociales, pastorales y sanitarios, de sensibilización de las poblaciones, de ayudas humanitarias así como de asistencia domiciliaria y hospitalaria a los enfermos.
En América (por ejemplo en Canadá, Estados Unidos de América, México, Argentina, Ecuador, Haití, Honduras, Venezuela, Brasil), la Iglesia es promotora de campañas de sensibilización y de programas formativos con publicaciones ad hoc y asiste a los enfermos y a los huérfanos en los hospitales y en los hospice.
En Asia (por ejemplo en India, Singapur, Taiwán, Malasia), la Iglesia sensibiliza a la opinión pública sobre el fenómeno del VIH/SIDA, sobre sus causas y riesgos, empleando los medios tradicionales y modernos de la comunicación, organizando incluso cursos ad hoc; asimismo, dispone de un programa específico de asistencia a los huérfanos y de atención a los enfermos a domicilio y de las casas de salud y hospitales.
En Europa (por ejemplo en Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Irlanda, Escocia, Inglaterra, Gales, Italia, Croacia, ex Yugoslavia), la Iglesia emplea periódicos, televisión, radio e internet para difundir los programas lanzados por las comisiones nacionales para prevenir, educar a las poblaciones, así como para asistir social, humana y pastoralmente a los enfermos en los hospitales y en los centros especializados en el tratamiento del SIDA.
En Oceanía (por ejemplo en Australia, Nueva Zelanda, Papua Nueva Guinea), la Iglesia ofrece una formación específica a los agentes sociales, pastorales y sanitarios y asiste a los enfermos en los hospice y en los centros de atención.
Numerosos son los institutos religiosos y las asociaciones laicales que colaboran en la pastoral a favor de los enfermos de SIDA y en los lugares de sanación. Actividades y proyectos importantes y capilares son realizados por los Camilos en Brasil, Italia, México, India, Kenya, Tailandia, Haití, Polonia, Burkina Faso; por los Hermanos de San Juan de Dios en España, Polonia, Alemania y Austria; por la Asociación de San Vicente, en India, Irlanda y Holanda; por la Comunidad de San Egidio, en Mozambique; por la Fraternidad de Comunión y Liberación, (AVSI) en Uganda, Kenya, Rwanda, Burundi, Nigeria, Rumania; por la Caritas en Filipinas, Bolivia, Austria; por las Religiosas de la Madre Teresa en Kazajstán; por el Hospital Pediátrico Bambin Gesù de Roma en Rumania; por los Farmacéuticos católicos, en varias partes del mundo.
6. Las principales actividades pastorales se concentran en la formación de los agentes de la salud, de los sacerdotes, de las familias y de la juventud; en la prevención mediante la educación sanitaria, la publicación de documentos de la Iglesia, de la organización de congresos y del intercambio teológico y de experiencias; con la ayuda y la asistencia de los capellanes, médicos y enfermos que, gracias a la diagnosis, el counselling, los medicamentos, el sacramento de la penitencia y la caridad hacia los enfermos internados en los centros y en los hospitales, la Iglesia contribuye a mejorar las condiciones físicas, psíquicas y espirituales de los pacientes; la atención y el seguimiento de los enfermos y de las personas seropositivas se logra gracias a programas específicos en torno a la sexualidad, la transfusión sanguínea, la transmisión materno-fetal, la asistencia a los huérfanos, a los presos y en lo concerniente a su reintegración social y eclesial.
Si las causas de la enfermedad son el pansexualismo y la toxicomanía, los condicionamientos son la pobreza, la urbanización, la desocupación, la movilidad, las migraciones y los mass-media.
7. El pensamiento de Juan pablo II se articula en torno a la naturaleza del fenómeno (patología del espíritu); a la prevención fundada en la sacralidad de la vida y la sexualidad responsable, en la trascendencia y la educación a la castidad, a la conducta del enfermo, esto es, el amor a Dios, la conducta sexual, la transmisión de madre a hijo, la ofrenda del sufrimiento en su relación con el misterio de la cruz y la esperanza de la resurrección; el pensamiento de Juan Pablo II se dirige en particular a los profesionales de la salud que encuentran en el Buen Samaritano el paradigma del amor misericordioso que supera las barreras humanas; a las autoridades civiles que deben proporcionar a las poblaciones una información correcta y una ayuda a los pobres; a los hombres de ciencia llamados por el Papa a reforzar su solidaridad hacia los enfermos, haciendo todo lo que está a su alcance para que adelante la investigación biomédica sobre el VIH/SIDA con el fin de encontrar medicinas nuevas y eficaces que logren detener el fenómeno.
8. A nivel personal, la Iglesia invita a cada uno a intensificar la prevención según la doctrina de la Iglesia, a vivir la virtud de la castidad en una sociedad pansexualista, a acercarse al sacramento de la reconciliación, a reavivar en los enfermos el sentido cristiano de la vida con la esperanza en la resurrección, a dispensar una formación ad hoc a los agentes de la salud y reservar una asistencia especial a los enfermos terminales.
A nivel comunitario, se recomienda lo siguiente: apoyo a las actividades parroquiales relacionadas con el VIH/SIDA; creación de nuevos centros y residencias para enfermos de SIDA; coordinación a nivel diocesano y nacional de acciones e iniciativas pastorales referentes al fenómeno del SIDA; atención a las políticas de los gobiernos en materia de SIDA, con el objeto de influir positivamente en ellas; empleo correcto de los medios de comunicación; divulgación del manual de pastoral sobre el fenómeno del SIDA que está por ser publicado por el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud; apoyo económico y financiero a iniciativas y proyectos sobre el SIDA.
Globalmente, los aportes promedio que hoy ofrecen en el plano social los organismos eclesiales alcanza el 12% y por las ONGs católicas, el 13%; se llega a un total del 25% que permite que la Iglesia sea el primer partner del Estado en el campo social. Para las intervenciones sanitarias, el compromiso de la Iglesia es del 19% lo cual representa un tercio de las contribuciones estatales y el doble de las intervenciones de las ONGs no católicas (10%) y de los privados (11%).
9. Invito a la comunidad internacional, a los gobiernos en general y a la Iglesia en particular, a:
- promover campañas de sensibilización y de educación de la población fundadas no en políticas que alimentan modelos de vida y comportamientos inmorales y hedonistas que favorecen la difusión del mal, sino en seguras referencias y auténticos valores humanos y espirituales capaces de fundar una educación y una prevención pertinentes en favor de la vida y del amor responsable; la virtud de la castidad demuestra ser la más importante para prevenir eficazmente contra el VIH/SIDA;
- ocuparse de las necesidades sociales, humanitarias y socio-sanitarias de los niños huérfanos cuyo número aumenta con el propagarse de la pandemia;
- comprometerse a favor de la globalización del bien común internacional de la salud;
- evitar toda forma de exclusión, de discriminación y de estigmatización ante las personas seropositivas o de los enfermos de SIDA, aceptándoles fraternamente en la familia, en la sociedad y en la comunidad eclesial como miembros a pleno título de la Iglesia;
- facilitar a los enfermos el acceso a los fármacos genéricos contra las enfermedades oportunistas y en lo posible a los antirretrovirales con el fin de detener la escandalosa mortalidad que grita venganza a Dios en los países pobres;
- asistir y acompañar espiritual y pastoralmente a los enfermos y a sus familiares, en particular a los que deben descontar una pena en la cárcel, a fin de que no les falte el apoyo espiritual y, en particular, los sacramentos tan necesarios en este momento particular de su vida;
- descrubir en los enfermos el rostro de Cristo, médico de los cuerpos y de las almas.
10. Al renovar a todos vosotros: obispos, sacerdotes, religiosos/as y agentes sociales, pastorales y sanitarios, y voluntarios, la estima y el reconocimiento de la Iglesia por vuestro invalorable servicio en favor de nuestros hermanos y hermanas postrados en el cuerpo y en el espíritu por el flagelo del SIDA, deseo asegurarles también que no dejaré de elevar mis oraciones a la Virgen Santísima, Salus Infirmorum y Consolatrix Afflictorum, por vuestra benemérita obra así como por los sufrimientos de los enfermos y de sus familiares.
Ciudad del Vaticano, 1 de dicembre de 2003
+ Javier Cardenal Lozano Barragán