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lunes, 7 de diciembre de 2009

La sabiduría de la inocencia “Si no os hacéis como niños…”

Cada niño que nace en el mundo es una señal inequívoca de que Dios mantiene la esperanza en los hombres… La virtud de saber transmitir a los niños nuestra experiencia, es proporcional a nuestra disposición para aprender de su inocencia… ¡Qué atractiva, y a la vez, qué sorprendente nos resulta la sencillez de los niños! ¡Y qué vileza tan grande, el tomar excusa de su educación para violentar la inocencia de los pequeños! Nuestra cultura necesita urgentemente de los niños, porque pocas cosas hay tan falsas como una alegría sin inocencia…

Con frecuencia, los adultos no somos felices, a causa de nuestra excesiva complejidad. Necesitamos de la inocencia de los niños para conocernos a nosotros mismos, e incluso para llegar a conocer a Dios. Como decía San Bernardo: "El desconocimiento propio genera soberbia; pero el desconocimiento de Dios genera desesperación". Los niños son un buen espejo del Corazón de Dios, así como del corazón del hombre.

Me venían a la cabeza todos estos pensamientos, después de leer un “ppt” que llegaba a la “bandeja de entrada” de mi correo electrónico. (En medio de tantas frivolidades como circulan por Internet, solemos recibir también algunas perlas, de esas que ensanchan nuestro corazón y elevan nuestros horizontes). Se trataba de una conocida colección de cartas dirigidas a Jesús, que un profesor italiano había recogido de sus alumnos de Primaria. La forma de expresarse de estos niños destila sinceridad y pureza. Con ingenuidad y simpatía, nos aportan una dimensión más auténtica y profunda de la realidad.

¡Benditos sean esos maestros que llevan a los niños a descubrir en Jesucristo, a su mejor amigo! ¡Benditos sean esos niños que, en su inocencia, nos enseñan a los mayores a descubrir la sabiduría de la vida!

Ojos puros para reconocer la belleza: “Querido Niño Jesús: Yo creía que el naranja no pegaba con el morado. Pero luego he visto el atardecer que hiciste el martes. ¡Es genial!” (Eugenio)

Intuición para descubrir la fuente de la sabiduría: "Querido Jesús: Hemos estudiado que Tomás Edison descubrió la luz. Pero en la catequesis dicen que fuiste tú. Yo creo que te robó la idea”. (Daria)

Ser niño para bucear en el Corazón de Dios: “Querido Niño Jesús: Seguro que para ti es dificilísimo querer a todos en todo el mundo. En mi familia sólo somos cuatro y yo no lo consigo”. (Violeta)

Inocencia que cuestiona nuestros fundamentos: “Querido Jesús: ¿El Padre Mario es amigo tuyo, o sólo es un compañero del trabajo?” (Antonio)

La coherencia de los sencillos: “Querido Jesús: Ya no me he vuelto a sentir sola desde que he descubierto que existes”. (Nora)

La gratuidad de la amistad: “Querido Jesús: No creo que pueda haber un Dios mejor que tú. Bueno, quería que lo supieras… Pero no creas que te lo digo porque eres Dios, ¿eh?” (Valerio)

Afortunadamente, la iniciativa social ha conseguido que en España se comience a abordar el debate en torno a la cultura de la vida frente a la cultura de la muerte. Los cristianos podemos y debemos contribuir con nuestro mensaje de fe en la vida, acompañado del compromiso solidario en las situaciones más difíciles. No en vano la “causa de la vida” es la “causa de Jesús”. Él no sólo nos invitó a amar a los niños, sino también a aprender de ellos: “Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él ». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos” (Mc 10, 14-16). ¿Será por esto que se congregaron tantas familias y niños en la manifestación por la vida del 17-O en Madrid?

Jose Ignacio Munilla

Obispo de Palencia

sábado, 3 de enero de 2009

"Proyecto Raquel"

Los defensores del supuesto derecho al aborto han difundido, con mayor o menor éxito, la imagen de la Iglesia Católica como enemiga del proceso de liberación de la mujer. Sin embargo, la Iglesia no sólo quiere proteger la vida de los no nacidos; también quiere ofrecer el perdón y la sanación a todas las personas que arrastran el sufrimiento de haber abortado, sea voluntariamente o bajo presión, con conocimiento o desde la ignorancia.

Aborto: ¿liberación o autodestrucción?

Ya han pasado más de veinte años desde que el aborto fuese despenalizado en España, allá por el año 1985. Uno de los mayores tabúes de nuestros días es la pregunta sobre qué ha pasado con el millón de mujeres que han abortado desde entonces en España: ¿Supuso el aborto una liberación para ellas, o por el contrario, ha generado un trauma del que no consiguen liberarse? ¿El aborto fue solución u originó un problema mayor?
Ni qué decir tiene que las administraciones públicas no han realizado estudio alguno al respecto, y se han limitado a silenciar y a esquivar la cuestión… Sin embargo, recientemente hemos conocido algunos datos hechos públicos por la doctora Carmen Gómez-Lavín, médico psiquiatra, que es la investigadora española que más se ha ocupado del llamado “síndrome post aborto”: El 40% de las mujeres que han recurrido al aborto, ha pensado en suicidarse. La incidencia del suicidio que se da entre ellas es entre seis y siete veces mayor que la de las mujeres que dan a luz. El 80% sufre síntomas depresivos. El 40% sufren trastornos de la sexualidad. El 60%, alteraciones de la conducta y el 70%, irritabilidad…
Paradójicamente, más del 90% de los 112.138 abortos practicados en España el año pasado, se acogieron al supuesto de riesgo para la salud psicológica de la madre. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que el someterse a un aborto, lejos de mejorar la salud psíquica de la mujer, ocasiona en la mayoría de ellas graves trastornos psíquicos.

“Proyecto Raquel” en Palencia

Con datos contrastados podemos afirmar que, si cierto es que el niño concebido es la primera víctima del aborto, la madre es la segunda víctima. En efecto, el aborto no sólo es un homicidio, sino que también es una especie de “suicidio” moral, que hiere el alma de todos los que están involucrados en él. Por ello, consideramos necesaria la puesta en marcha en nuestra Diócesis, del llamado “Proyecto Raquel”, especializado en el acompañamiento a las mujeres que decidieron abortar y ahora sufren ante la necesidad de sanación de un dolor autodestructivo, del que no son capaces de liberarse y para el que no encuentran redención. Nuestro Centro de Orientación Familiar, recientemente abierto en Palencia, será quien lleve adelante este programa nacido en EEUU, ofreciendo la ayuda psicológica y espiritual, además de la psiquiátrica, si fuera necesario.
El nombre de este proyecto está tomado de un pasaje de la Biblia, del profeta Jeremías: “Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven. Dice el Señor: Deja ya tus lamentos de tristeza, enjuga las lágrimas de tus ojos. El dolor que has sembrado tendrá su recompensa (…) Hay esperanza en tu futuro, dice el Señor” (Jeremías 31, 15-17).

Reconciliarse con la vida

El feminismo radical ha hecho creer a muchos que la promoción de la mujer pasa por la liberación de ésta, de su excesiva vinculación a su maternidad. Desde este presupuesto, no es de extrañar que el derecho a la vida del “nasciturus” y la reivindicación por la realización de la mujer, se hayan presentado en conflicto: “¡Este embarazo me trunca la vida!”.
La realidad es bien distinta: la madre no necesita menos a su hijo, de lo que el hijo necesita a su madre. El drama del aborto alcanza su culmen cuando la madre -que de ordinario, suele tener una sensibilidad muy superior a la del padre- llega a percatarse de que su felicidad “murió” junto con su hijo.
El “Proyecto Raquel” es una apuesta por la posibilidad de sanación de nuestras heridas… Para llegar a perdonarnos a nosotros mismos por los errores cometidos, es necesario primero pedir perdón a Dios, autor de la vida; y, ¡también! pedir perdón a ese hijo a quien agredimos injustamente, y que desde el seno de Dios, intercede por la conversión y sanación de sus padres. Es una cuestión crucial. Se trata de reconciliarse con la “vida”, desde la experiencia que supone afrontar lo que pasó, pero desde la oportunidad de experimentar la misericordia infinita de Dios, y poder ser artífices de un nuevo modo de mirar la vida. El siervo de Dios, Juan Pablo II, lo expresó maravillosamente en su encíclica Evangelium Vitae (nº 99):
“Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida”.

Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia
para "Iglesia"

Dejemos a Dios en el banquillo

En artículos anteriores, hemos tenido ocasión de comentar diversos aspectos del discurso que Benedicto XVI dirigió a los jóvenes en la ceremonia de acogida de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Sidney. En aquel incomparable escenario, el Papa nos ofrecía una batería de reflexiones de alto calado, con intención de suscitar en nosotros una capacidad crítica frente al reto de secularización y laicismo ante el que nos encontramos. Comento unas palabras de aquel discurso:
“La tarea del testigo no es fácil. Hoy muchos sostienen que a Dios se le debe “dejar en el banquillo”, y que la religión y la fe, aunque convenientes para los individuos, han de ser excluidas de la vida pública, o consideradas sólo para obtener limitados objetivos pragmáticos. Esta visión secularizada intenta explicar la vida humana y plasmar la sociedad con pocas o ninguna referencia al Creador”.
He aquí uno de los “dogmas” principales de nuestra actual cultura secularizada: las creencias religiosas pertenecen a la esfera de la vida privada, de forma que todo ciudadano tiene que dejar “aparcada” su religión cuando se trata de participar en la vida pública. Lo propio del Estado sería aquello que es público y común a todos los ciudadanos, y dado que las opciones religiosas son particulares y privadas, no tendrían lugar fuera del ámbito de la propia conciencia, del seno de la familia, o del recinto eclesial. Dicho con el símil futbolístico utilizado por el Papa en el citado encuentro juvenil: cuando el partido lo jugamos fuera de casa, a Dios habría que dejarle “en el banquillo”.
El primer error de planteamiento es evidente: El hecho de que un Estado sea laico o aconfesional, no implica que la sociedad y los individuos que lo conforman, deban serlo igualmente. Un cristiano es lo que es, y no puede transformarse en “aconfesional” cuando se hace presente en la vida pública. Cada uno contribuimos al bien común desde nuestras convicciones personales. No puede ser de otra manera.
Benedicto XVI rebatió con firmeza esa teoría tan difundida, según la cual para tomar parte en la vida social, habría que hacerlo desde posiciones neutras o imparciales; es decir, laicas o aconfesionales. El Papa desenmascara así el engaño del laicismo:
“Se presenta como una fuerza neutral, imparcial y respetuosa de cada uno. En realidad, como toda ideología, el laicismo impone una visión global. (…) La experiencia enseña que el alejamiento del designio de Dios creador provoca un desorden que tiene repercusiones inevitables sobre el resto de la creación. Cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el «bien», empieza a disiparse”.
Es decir, la visión excluyente de Dios que en la vida pública deja la fe en el banquillo, es tan “dogmática” como la visión cristiana. Nadie construye la sociedad sin estar inspirado en unos determinados valores. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una determinada visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. (…) Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia”. (CIC 2244)
En consecuencia, los católicos no hemos de avergonzarnos de nuestra explícita inspiración cristiana. En primer lugar, porque es totalmente falsa la supuesta imparcialidad de quienes enarbolan la bandera laicista. Pero, además, el Papa nos invitaba a hacer una lectura histórica de lo ocurrido cada vez que el hombre ha pretendido construir el Estado, rechazando toda referencia a Dios y a los valores objetivos de la moral. Lo ocurrido en el siglo XX con las ideologías nazi y marxista es buena prueba de ello. Pero incluso, después de la caída de las ideologías, seguimos corriendo un grave peligro; ya que una democracia sin valores, tiende a convertirse en un totalitarismo visible o encubierto.
Lo decía Chesterton con su habitual ingenio: “Quitad lo sobrenatural, y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”.

Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de PalenciaPara “El Palentino” y “Iglesia de Palencia

Apostolado de la sonrisa

Esperanza alegre

Este domingo, 30 de noviembre, celebramos el primer aniversario de la publicación de la segunda encíclica de Benedicto XVI: “Spe Salvi” (Salvados en Esperanza). Precisamente este mismo día también, iniciamos el tiempo de Adviento, en el que la Iglesia renueva una vez más, la invitación a vivir la virtud teologal de la esperanza.
Tenemos que reconocer que, con frecuencia, en nuestra cultura se ha forjado una imagen un tanto “melancólica” de la esperanza. Parece como si identificásemos la esperanza con un suspiro que añora la realización de unos ideales, al mismo tiempo que los percibe como una utopía inalcanzable. Alguien dijo que la esperanza sin Dios (¿“esperanza laica”?), por mucho que se exprese en tonos poéticos, acaba por reducirse al lamento triste y nostálgico.
¿No es cierto, acaso, que en nuestras conversaciones hay una gran inflación de lamentos y de reivindicaciones estériles? Todo el mundo parece quejarse de todo. El “victimismo” se ha convertido en una actitud de vida, consistente en creernos destinatarios de todos los males, al mismo tiempo que nos hacemos ciegos para reconocer el bien e incapaces de agradecerlo. Así lo describía Martín Descalzo: "Antaño la hipocresía era fingirse bueno. Hoy en día, la hipocresía es inventarse dolores, teniendo motivos para estallar de alegría".
Pues bien, en este tiempo de Adviento que iniciamos, tiempo de espera gozosa en el Mesías, tenemos una ocasión de oro para crecer en la virtud de la alegría. Pero… ¿cómo es eso de considerar la alegría como una “virtud”? ¿No se trata acaso, de un estado emotivo, fruto de unas circunstancias cuyo control no está en nuestras manos? ¿Acaso no sería algo ficticio, el intento de procurar ser alegres “artificialmente”?
Los cristianos tenemos muchas razones para la alegría. La liturgia del Adviento nos las recuerda una y otra vez, ante el peligro de que los agobios de nuestra vida nos impidan disfrutar de ellas: “(…) cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo” (Oración colecta, Domingo II de Adviento), “(…) concédenos llegar a la Navidad –fiesta de gozo y salvación- y poder celebrarla con alegría desbordante” (Oración colecta, Domingo III de Adviento).
Ciertamente, la alegría es fruto de una Buena Noticia, pero no puede ser alcanzada sin librar antes una importante batalla interior. La alegría no es un estado anímico que nos sobreviene y nos abandona caprichosamente, sino que es un hábito que se adquiere con voluntad y perseverancia. Es el fruto del ejercicio de la penitencia interior, que nos lleva a mortificar tantas tristezas inconsistentes que pretenden imponerse a las razones para el gozo interior. Aunque nos puedan parecer incompatibles estos dos conceptos, no dudemos de que la “alegría” es la mejor “penitencia”. Más aún, hemos de desconfiar de las penitencias que no nos lleven a superar nuestras tristezas y amarguras. La penitencia más perfecta es aquella por la que le ofrecemos a Dios y a nuestro prójimo una sonrisa transparente y perseverante, que solamente puede brotar de un corazón enamorado y agradecido.
Para resolver esta aparente paradoja, tal vez debamos redescubrir el auténtico sentido de la “penitencia”, es decir, su sentido teológico. Decía Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, que “la penitencia realiza la destrucción del pecado pasado”. No olvidemos que la tristeza se introdujo en nosotros como fruto del pecado; y que éste no será plenamente vencido hasta que no rescatemos la alegría. Rescatamos la alegría, sólo cuando hemos vencido el pecado.
La alegría cristiana que nace de la virtud teologal de la esperanza, nos permite relativizar las preocupaciones y hasta nuestras propias debilidades. La sonrisa humilde y el buen humor, resultan ser un arma espiritual de gran eficacia para vencer las tentaciones del Maligno. Al mismo tiempo, el “apostolado de la sonrisa” es uno de los testimonios más necesarios y convincentes en el momento presente.
Iniciamos en este domingo un nuevo año litúrgico. He aquí la primera súplica que la liturgia de la Iglesia dirige a Dios: “Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por las buenas obras” (Oración colecta, Domingo I de Adviento). Lo sorprendente quizás sea descubrir que la primera “buena obra” que Dios nos pide, pueda ser… una sonrisa.


Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia
Para “El Palentino” e “Iglesia en Palencia”

Bella, la película

Ciertamente, muy “bella”


No deja de ser significativo que cuando determinados directores del cine han realizado algunas obras maestras con alto contenido en valores éticos y espirituales, hayan coincido en elegir el término “bella” para titularlas. Sería larga la lista, aunque ahora me refiero a películas como “¡Qué bello es vivir!”, de Frank Capra (1946), que se convirtió en un clásico navideño; “La vida es bella” (1997), de Roberto Benigni, y en nuestros días, “Bella”, producida e interpretada por Eduardo Verástegui.
La tradición cristiana habló de los tres trascendentales, como tres dimensiones de la existencia y de la realidad: "verum", "bonum" y "pulchrum". Es decir, lo “verdadero”, lo “bueno” y lo “BELLO”. La esquizofrenia de nuestra cultura ha consistido en pretender separar la belleza de la bondad y de la verdad. Sin embargo, la belleza no es otra cosa que el reflejo de la verdad. Mientras que la santidad (la bondad) es la belleza encarnada. Por eso, no es de extrañar que cuando el celuloide ha sido transmisor de valores morales “buenos” y “verdaderos”, haya recurrido al concepto de “belleza” para expresarlos. En efecto, como decía el teólogo Von Balthasar, “lo primero que captamos del misterio de Dios no suele ser la verdad, sino la belleza”. Frente al concepto secularizado de “belleza”, nosotros creemos que la belleza es “aparición” y no “apariencia”.
Tengo que reconocer que cuando terminé de ver la película de Verástegui, salí un tanto desconcertado… Había supuesto que esta película, de la que tanto había oído hablar, sería transmisora de sólidos argumentos con los que hacer frente a la “cultura de la muerte”. Nada de eso. No se trata de un filme apologético destinado a convencer a los convencidos, sino de un emotivo cuestionamiento sobre el rumbo de nuestra existencia. Creo que el auténtico valor de la película, lo percibimos a posteriori, en la medida en que intuimos su importante contribución para afinar nuestra sensibilidad. El lenguaje de esta película es el adecuado para llegar a interpelar al hombre y a la mujer de nuestros días: sólo cuando los afectos son “alcanzados”, llegamos a ser capaces de cuestionar nuestras razones o sinrazones.

“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”

El filme comienza con esta frase, que resulta paradigmática en las historias personales que se entrecruzan a lo largo de su argumento. Cuando caemos en la tentación de soñar con una felicidad egocéntrica, propia del “triunfador”, inevitablemente, las cruces de la vida acabarán despertándonos bruscamente.
¿Es incompatible la felicidad con la cruz? En realidad, la plenitud de nuestra existencia no se alcanza en la huida del dolor, ni en la desesperación, sino afrontando y madurando en la tribulación… Algunas contrariedades acaban por convertirse en alegrías, cuando son aceptadas; e incluso, los episodios más oscuros de nuestra existencia, pueden resultar un acicate para entender nuestra vida como una ocasión de eficaz reparación.

La fuerza sanadora de la familia

Uno de los valores más importantes de “Bella” es que muestra claramente la fuerza que la familia ejerce en cada uno de nosotros, aportando estabilidad personal, seguridad, sanación, etc. Lo más duro del sufrimiento es tener que vivirlo en una situación de orfandad moral, porque entonces resulta inevitablemente destructor.
Eduardo Verástegui se dirige con esta película, de una forma muy especial, a todos los inmigrantes hispanos de EEUU, que corren los graves riesgos que se derivan del alejamiento de sus seres queridos y de la desestructuración de la institución familiar. La mayor pobreza de nuestros días es la carencia de la familia.

La fuerza evangelizadora del cine

Decía recientemente el cardenal Poupard, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, que “el cine puede construir una auténtica cultura de la vida”. Es imprescindible que seamos conscientes de que en la pequeña y en la gran pantalla, se está librando una batalla determinante entre “valores” y “antivalores”. No podemos ser tan ingenuos de acercarnos al cine como a una mera industria de entretenimiento. En realidad, como en tantos otros terrenos de la existencia, tampoco en el mundo artístico cabe la neutralidad.
Una vez más, se demuestran proféticas las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lc. 11, 23).


Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia
Para “El Palentino” e “Iglesia”

Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie

Con el título de “Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie”, la Secretaría de la Conferencia Episcopal Española hizo pública el viernes 17 de octubre, una Nota aclaratoria sobre los aspectos morales implicados en el nacimiento del llamado primer "bebé medicamento". La frase final del comunicado episcopal delimitaba claramente las cosas: “Con estas aclaraciones no se juzga la conciencia ni las intenciones de nadie. Se trata de recordar los principios éticos objetivos que tutelan la dignidad de todo ser humano”. Sin embargo, como suele suceder en estos casos, las descalificaciones gratuitas contra la Iglesia no se hicieron esperar. Hemos escuchado acusaciones tan faltas de fundamento como injustas, llegando en el colmo del atrevimiento, a afirmarse que “la Iglesia no tiene humanidad ni caridad” (sic).
Sin embargo, significativamente, se ha silenciado el hecho de que el presidente de la Comisión Deontológica del Consejo General del Colegio de Médicos, Rogelio Altisent, lejos de festejar el éxito del primer “bebé medicamento” producido en España, haya afirmado lo siguiente: "Dejar por el camino los embriones que no han sido utilizados no es un tema neutro para la ética médica".

El fin no justifica los medios

El principal argumento moral por el que la Iglesia rechaza estas prácticas es el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre. Un embrión humano no puede ser utilizado para un fin que no sea su propio bien. Así se afirma en la citada Nota: “Se ha puesto el énfasis en la feliz noticia del nacimiento de un niño y en la posibilidad de la curación de la enfermedad de su hermano. Expresada así, la noticia supone un motivo de alegría para todos. Sin embargo, se ha silenciado el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente de aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente”.
Una vez ignorado o rechazado el principio moral que sostiene que el fin no justifica los medios, la suerte del ser humano es ya incierta… Todo depende de que formemos parte del colectivo de los seres humanos “destinatarios” o “beneficiarios”, o de que nos toque engrosar el número de los “utilizados” o “sacrificados”.

La vida humana se “desarrolla”, no se “construye”

Está claro que en este debate, una de las cuestiones fundamentales es la del inicio de la vida humana. De hecho, algunas de las críticas dirigidas contra la Iglesia se han formulado acusándola de equiparar el valor de los embriones al de la vida de un niño. Pues bien, ¿cuándo comienza la vida humana: en la concepción, en el parto, al cuarto mes del embarazo…?
Sabemos de sobra que esta pregunta ha sido respondida de forma contundente por la Embriología, que es una rama científica de la Biología: la vida humana comienza en el preciso instante de la concepción. Sin embargo, puede ocurrir que determinadas formas erróneas de “imaginarnos” la realidad, nos impidan extraer las consecuencias lógicas de esta afirmación. Algo así parece ocurrir con el candidato republicano a la presidencia norteamericana, John McCain, quien afirma que la vida comienza en la concepción, pero, sin embargo, acepta la experimentación con embriones humanos (¿?). Una pista para entender estas contradicciones podría ser la siguiente: ¿Cómo nos imaginamos el proceso de gestación de la vida, como una construcción o como un desarrollo?
En un artículo publicado por Joseph Koterski S.J. (“Construction, Development, and Revelpment”, Life and Learning XV, 2006), el autor desarrolla una interesante descripción del pensamiento contemporáneo, para explicar nuestras resistencias a aceptar algo tan obvio como es el respeto a la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre.
Tal vez nos imaginamos que en el proceso de la gestación en el seno materno, la vida humana está en construcción, como ocurre en la fabricación en cadena de un vehículo. ¿En qué momento podemos considerar que el coche comienza a serlo? ¿En el momento en que le colocan el motor? ¿Cuando adquiere ya un determinado aspecto exterior? ¿En el momento en que sea capaz de ponerse en funcionamiento? Lo que es indudable, es que nadie llamaría “coche” al resultado de la primera fase de la cadena, cuando simplemente se hayan unido los primeros hierros y tuercas.
Sin embargo, la vida humana no se “construye” a partir de la concepción, sino que simplemente se “desarrolla”. No existe un constructor exterior que añada piezas a ese embrión. El principio vital del ser humano está ahí desde el comienzo, en su código genético, y no necesita sino tiempo y condiciones adecuadas para desarrollarse. El ser humano no será “construido”, sino que “ya es”. ¡Sólo hay que “dejarle ser”!

La lógica del deseo

Nuestra cultura postmoderna arrastra un déficit muy notorio de racionalidad. Es frecuente que nuestras acciones se realicen a impulsos de la emotividad, sin que los principios morales objetivos tengan influjo determinante en nuestras decisiones. La lógica implacable del deseo se aplica tanto al aborto –para rechazar la vida no deseada-, como a la producción artificial de embriones en el laboratorio.
En el caso del “bebé medicamento”, la lógica del deseo tiene un matiz especial de tipo utilitarista. Así lo denuncia la Nota de la CEE: “Por su parte, el hermano que finalmente ha nacido ha sido escogido por ser el más útil para una posible curación. Se ha conculcado de esta manera su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica”.
Una vez más, “la Iglesia desea prestar su voz a aquellos que no la tienen y a los que han sido privados del derecho fundamental a la vida”. La alternativa científica al “bebé medicamento”, acorde con la ética, es la potenciación en España de los actuales bancos de sangre de cordón umbilical, de forma que tenga la suficientemente oferta como para posibilitar la consecución de donantes compatibles. Y es que… “ciencia” y “conciencia”, se necesitan mutuamente.

Aborto y Eutanasia

Sin origen ni meta…

Nada hacía suponer antes del verano que el Gobierno de España fuese a introducir en la presente legislatura las dos iniciativas que, finalmente, se han anunciado en septiembre: la ley de plazos para abortar y la ley de la eutanasia (en palabras del ministro de Sanidad, “suicidio asistido”). El programa electoral del PSOE en las últimas elecciones generales, no incluía tales propuestas e, incluso, destacados dirigentes las habían excluido explícitamente.
La reflexión más extendida sobre este hecho, es que estamos ante una maniobra de distracción de la crisis económica. La oposición acusa al Gobierno de lanzar una cortina de humo para eludir el debate de la economía, y su argumentación principal se centra en que “no hay demanda social” para introducir estas leyes. Inevitablemente, lo que cabe deducir de este planteamiento, es que la cuestión determinante para los ciudadanos es la economía, mientras que el aborto, la eutanasia, el derecho a la educación… son asuntos menores. Parece claro que los partidos políticos proceden, hoy en día, con la convicción de que la única cuestión ante la cual la opinión pública es verdaderamente sensible y que, en consecuencia, es capaz de poner en peligro la continuidad en el poder, o de posibilitar el acceso a él, es la salud de la economía. ¿Será verdad esto? ¿Hasta tal punto hemos anestesiado nuestra conciencia moral?
Recientemente, un periódico de tirada nacional (La Gaceta de los Negocios), publicaba una viñeta del humorista Ramón, en la que un señor leía atentamente los titulares de prensa que tenía entre sus manos: “ABORTO”, “EUTANASIA”, “SUICIDIO ASISTIDO”, “REAPERTURA DE FOSAS”…; mientras que reflexionaba para sí: “¿Y si en vez de cortinas de humo, son el humo de un incendio pavoroso?”. Con permiso del autor de este chiste gráfico, me sirvo de su aguda consideración para reflexionar en el presente artículo sobre la gravedad moral que se encierra en las iniciativas legislativas en curso, así como en el modo en que han sido introducidas.
Me parece particularmente significativo que la vida humana sea desprotegida legalmente, de forma simultánea, tanto en su inicio como en su fin. ¿Podemos dar por válido el presupuesto de que la dignidad de la vida depende de la fase en la que se encuentre? ¿Acaso nuestro actual “yo” es un sujeto distinto al del feto que fuimos o al del anciano que seremos?

El hombre desnortado, sin origen ni meta

Sólo cuando el hombre es consciente de su vocación al amor y de que, el amor está en el “comienzo” y en el “final” de sus días, será capaz de percibir la existencia humana como una unidad de vida. En efecto, si la vida es el mero devenir de una evolución ciega, si no está integrada en un proyecto del Dios creador y providente, si no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos; entonces existe el riesgo de valorarla exclusivamente en sus etapas de plenitud, despreciándola en sus otras fases.
La crisis de sentido que padecemos, se traduce en la obsesión por querer prolongar la edad de juventud, como si fuese eterna, olvidando las preguntas definitivas de nuestra vida: “de dónde vengo” y “adónde voy”…

Animalización del hombre

Cuando se niega la espiritualidad del ser humano, inevitablemente, aumentan en él las similitudes con los hábitos del reino animal. Y así resulta que, de la misma manera que la manada abandona a su suerte a las reses envejecidas, o que determinadas hembras sacrifican a sus crías cuando se ven acosadas; así también en el género humano desprotegemos la vida humana, precisamente cuando es más débil y cuando está necesitada de amparo: en sus inicios y en su tramo final. Es la lógica de la ley de la selva, perfectamente comprensible en el reino animal, donde la debilidad no es sino una ocasión selectiva para la mejora de las especies.

Cosmovisión egocéntrica

La aceptación del aborto y de la eutanasia eleva a la máxima potencia la manipulación del hombre por el hombre, llegando a hacer ley de nuestra tendencia egoísta por la que “usamos” del sujeto, cual si fuese un objeto.
El valor supremo de esta cultura utilitarista es nuestro deseo, hasta tal punto, que somos incapaces de imaginar una felicidad basada en la aceptación de la realidad. Y en esta dinámica, los niños y los enfermos llegan a ser percibidos como un estorbo que colisiona con nuestros planes.
Uno de los grandes dramas que padecemos, es la sustitución del valor moral de la dignidad humana, por la simple “calidad de vida”. Ojalá, en medio de la situación presente, sepamos abrir un profundo debate en la sociedad española, en el cual afirmemos con profundidad, coherencia y valentía, el sentido trascendente de la vida humana.

jueves, 2 de octubre de 2008

UN SÍ COHERENTE A LA VIDA HUMANA (REFLEXIONES SOBRE EL ABORTO



Hay dos situaciones en el recorrido de la vida humana que sirven de contraste para apreciar cómo se valora la dignidad de la persona: el ser humano en gestación y el ser humano en el último tramo de la vida. En el seno materno el ser humano como embrión y feto es sumamente frágil e indefenso y el ser humano con enfermedad grave e irreversible es también sumamente débil y dependiente. Cuando decimos un sí inequívoco a la vida humana en estas situaciones es un indicio de que se respeta coherentemente a la persona en su dignidad. La calidad de la vida humana no se mide tanto por el vigor, la capacidad de movimientos y la lucidez mental cuanto porque es la vida de un ser humano, de una persona.

Es motivo de tristeza y preocupación que nuestras sociedades hayan aceptado socialmente el aborto, se practique masivamente (más de cien mil abortos cada año en España; de otra manera, aproximadamente los habitantes de Baracaldo), e incluso se reivindique a veces como un derecho. El aborto no es una cuestión sólo política, aunque a los parlamentarios corresponda legislar sobre la defensa de la vida humana; ni es una cuestión meramente religiosa y católica; el aborto es una cuestión de ética fundamental, cuya gravedad la razón y el corazón de todos los hombres pueden percibir. No se necesita ser creyente para comprender que eliminar voluntariamente un ser humano en gestación es una acción muy grave. Llama la atención cuántos eufemismos y subterfugios se han acuñado para no mirar de frente a las cosas y no llamarlas por su nombre.

La ciencia con argumentos cada vez más numerosos e irrebatibles sostiene que con la fecundación comienza la vida de cada individuo de la especie humana, que desde la misma concepción se va configurando el destino biológico del nuevo individuo, que desde los primeros instantes el desarrollo es la activación de un programa específico y único. Es un intento insostenible querer fijar el comienzo del nuevo ser, por ejemplo, en el momento de la implantación del óvulo fecundado en el útero materno o a partir de la viabilidad del feto fuera del seno materno, como se ha dicho últimamente, para modificar la valoración ética de la intervención que corta la vida del que va a nacer. No hay solución de continuidad desde la concepción hasta la muerte; el mismo individuo va recorriendo diversas etapas dentro y fuera del seno materno.

La madre, que no se siente con fuerzas o se resiste a llevar a término la gestación, debe ser ayudada; no debe ser dejada sola a su suerte ni durante el embarazo indeseado ni con la responsabilidad del niño recién nacido ni con el peso de un eventual aborto. La sociedad debe prestarle la ayuda conveniente. Puede dejar su hijo en otras manos, puede ser adoptado; pero la madre no tiene derecho a eliminarlo. Albergado en su vientre debajo del corazón y particularmente confiado a ella, no es un tumor de su cuerpo, sino un individuo diferente; es un ser humano que tiene el derecho fundamental a la vida.

La fe potencia la razón para ver con mayor claridad y hondura la verdad de las cosas; pero la misma razón sabe de qué se trata en un aborto provocado. También al niño en gestación Dios le dice: tú eres mi hijo; y Jesucristo nos dice ante este ser humano débil e indefenso: “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). La dignidad de la persona humana es reforzada si reconocemos que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios; pero también la razón descubre la misma dignidad básica de todo ser humano.

El respeto de la mujer encinta y del ser humano que está gestando es un buen referente para valorar la dimensión ética de las personas y de la sociedad. Una mujer gestando vive en estado de buena esperanza y un niño recién nacido acrecienta la vitalidad de la sociedad. El aborto voluntario, en cambio, es un fracaso, una injusticia grave y una quiebra moral. ¡Que la cultura reconozca pronto que el aborto se ha abierto camino en la sociedad debido a un ofuscamiento ético!

Bilbao, 22 de septiembre de 2008

X Mons. Ricardo Blázquez
Obispo de Bilbao

Ingrid Betancourt (Promesas de libertad)

Este lunes (1 de septiembre) tenía lugar en la residencia pontificia de Castelgandofo, una entrañable entrevista entre Benedicto XVI e Íngrid Betancourt. Al poco tiempo de su rescate, con el que se ponía fin a más de seis años de secuestro, Betancourt había manifestado su deseo de encontrarse con el Papa. Fueron 25 minutos de conversación privada, seguidos de un encuentro con su familia, desplazada desde Colombia para compartir con ella este entrañable encuentro.
No parece que su conversación con el Santo Padre se centrase en detalles morbosos sobre las penalidades del cautiverio. A tenor de lo que Íngrid expresó en la posterior rueda de prensa, ella quería mostrar su gratitud a Dios, compartiendo con el Papa el itinerario espiritual que había recorrido a lo largo de su cautiverio: en efecto, antes de su secuestro, su fe era muy escasa. Sin embargo, como tantas veces ocurre en nuestras vidas, la situación límite fue ocasión de gracia para redescubrir el sentido religioso de la existencia, ayudada de la lectura de una Biblia que le había sido facilitada.
En plena selva, por la noche, los secuestradores permitían a sus rehenes escuchar la radio mientras reposaban en sus hamacas. El 1 de junio, un mes antes de su liberación, Íngrid estaba oyendo la emisora “Radio Católica Mundial”. Era el inicio del mes de junio, tradicionalmente dedicado al Corazón de Jesús, y se invitaba a los oyentes a consagrarse al Corazón de Cristo, recordándoles las Doce Promesas que el Sagrado Corazón había realizado en el siglo XVII a Santa Margarita María de Alacoque.
Al escucharlas aquella noche, enumeradas una tras otra, algunas le llamaron especialmente la atención; en concreto, las que se referían a que el Corazón de Cristo tocaría los corazones endurecidos, y que nos ayudaría a cargar con nuestra cruz, además de bendecir nuestros proyectos. ¡Íngrid no lo dudó dos veces! Su conclusión fue categórica: "Esto es para mí. Yo necesito que Dios toque el corazón duro de la guerrilla, que toque el corazón duro de todos aquellos que no dejan que se produzca nuestra liberación (…) Yo necesito que Él me acompañe a llevar esta cruz porque yo sola ya no puedo más".
En la rueda de prensa, Betancourt compartía con todos nosotros la reflexión que el Papa le había dirigido al escuchar su relato: "Él te hizo el milagro de tu liberación, porque tú supiste pedirle. Porque tú no le pediste tu liberación, tú le pediste que se hiciera su voluntad y que te ayudara a entender su voluntad". El encuentro con Benedicto XVI había tenido lugar en un clima de confianza que facilitaba las consultas espirituales. Por ello, dado que Íngrid había realizado aquel 1 de junio la consagración al Corazón de Jesús, prometiéndole que si era escuchada “sería suya”, ahora le manifestaba al Papa: "Yo no sé lo que quiere decir ser de Cristo". Él le respondió: "Él te va a mostrar el camino".
El 27 de junio un comandante de las FARC le comunicaba a la prisionera que una comisión internacional había anunciado una visita a los prisioneros, y que era probable que algunos de ellos fuesen liberados. En realidad, se trataba de la operación militar encubierta, que gracias a la inteligencia y a la infiltración, se disponía a rescatarle junto con otros catorce rehenes.
Hemos de agradecer a Íngrid Betancourt su público testimonio de fe, en el que ha compartido con nosotros cómo Dios ha tocado su corazón. De una forma muy especial, le agradecemos que nos haya recordado, uno de esos tesoros olvidados de nuestra fe católica: las Doce Promesas del Corazón de Cristo.
Dios quiso que aquellas promesas llegasen hasta la selva colombiana… Ahora, desde allí, se han difundido por otros muchos rincones del planeta. ¿Acaso nosotros no habitamos en otras “selvas” e, igualmente, anhelamos una liberación? Con la misma atención con que aquella mujer escuchaba el mensaje de Las Doce Promesas dirigidas a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), así también, hoy podemos acogerlas nosotros:
1.- A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado. 2.- Daré la paz a las familias.
3.- Las consolaré en todas sus aflicciones.
4.- Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
5.- Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
6.- Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
7.- Las almas tibias se harán fervorosas.
8.- Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección
9.- Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
10.- Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos
11.- Las personas que propaguen esta devoción, tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.
12.- A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia

LAICIDAD POSITIVA Y ... ¡COHERENTE!!

El reciente viaje apostólico de Benedicto XVI, nos ha ofrecido reflexiones importantes, especialmente valiosas para la clarificación de los conceptos morales que hoy están en juego en el debate social de España. En el presente artículo me centraré en ese concepto de “laicidad positiva”, en el que han coincidido Benedicto XVI y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy. El término no es nuevo. En octubre de 2005 ya había sido formulado en una carta escrita por el Papa al presidente del Senado italiano. Pero, sin embargo, es comprensible que la noticia haya vuelto a saltar como novedosa a los teletipos, al presentarse en el marco del encuentro entre el Papa y el presidente del estado europeo que más bandera ha hecho de su laicidad. Las palabras de Benedicto XVI dirigidas a Sarkozy eran significativas: "La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más". El discurso de Sarkozy tampoco defraudaba: "La Iglesia no deja de proclamar y defender la dignidad humana (…) Soy consciente de la importancia de las religiones para responder a la necesidad de esperanza de los hombres y no las desprecio. La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia, ni para la laicidad".
La laicidad “positiva” se contrapone –como es obvio- a la “negativa”, a la que de ordinario hemos designado como “laicismo”. Los católicos entendemos perfectamente el valor de la “sana laicidad”, ya que, además de defender el derecho a la libertad religiosa, proclamamos el principio de la autonomía del orden temporal (Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 36); y no en vano, somos seguidores de quien pronunció aquella sentencia lapidaria: “Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César” (Mt 22, 21).
La laicidad negativa, o laicismo, se caracteriza por pretender arrinconar la religión al ámbito privado, sin consentir que sea inspiradora de la vida pública. Un laicista nunca aceptaría la reflexión que Benedicto XVI realizó ante el presidente francés: “Debemos adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad".
Ahora bien, no son éstos los únicos criterios para distinguir entre la laicidad positiva y la negativa. Existen también otros elementos de discernimiento esclarecedores de la frontera entre “laicidad positiva” y “laicismo”, y pienso que el caso español, por desgracia, resulta muy elocuente. En efecto, por la misma lógica que los estados laicos reivindican la autonomía del orden civil y del religioso, también se les ha de exigir a éstos que apliquen el mismo principio, a la separación de poderes y al respeto del principio de subsidiariedad.
¿Qué cabe pensar del hecho de que quienes acusan a la Iglesia de inmiscuirse en el orden temporal, violen luego sin escrúpulos todo principio de separación de poderes, politicen los órganos judiciales, controlen los consejos de entidades financieras, promocionen a funcionarios y militares según afinidades políticas, intervengan políticamente en las mismas universidades y hasta en las instituciones deportivas…? No cabe duda de que un elemento para juzgar la rectitud de intención en la reivindicación de la laicidad por parte de los estados, será el respeto a la separación de poderes, así como el reconocimiento del principio de subsidiariedad, renunciando a la tentación de politizar toda iniciativa social.
La historia nos enseña mucho sobre las relaciones Iglesia-Estado. Cuando los estados han conseguido controlar a la Iglesia, interviniendo incluso en el nombramiento de los obispos (como es el caso actual de la Iglesia Católica Patriótica de China), entonces, curiosamente, cesan en su reivindicación del principio de laicidad y la separación del orden religioso y temporal. Pero, por el contrario, si los estados no consiguen someter la Iglesia al sistema político, entonces, la ambición del poder absoluto se transforma en reivindicación laicista.
En el momento presente, es llamativo que el Estado francés –constitucionalmente laico- evolucione hacia una mayor estima y tutela del hecho religioso; mientras que el Estado español, cuya Constitución se proclama “aconfesional” (¡ni tan siquiera laica!), camine por los derroteros de un laicismo negativo, de claro corte anticlerical. Baste mentar las continuas dificultades que la asignatura de Religión está padeciendo en la escuela pública, la imposición de la Educación para la Ciudadanía contra la voluntad de los padres, los proyectos de ley violadores de la ley natural (suicidio asistido y aborto libre), etc, etc.
Una buena prueba de que la laicidad positiva no está reñida con el profundo sentido religioso de la existencia, la tenemos en las palabras finales del discurso de Benedicto XVI ante las autoridades francesas, pronunciado en el Palacio del Elíseo: “Cuenten con mi plegaria ferviente por su hermosa Nación, para que Dios le conceda paz y prosperidad, libertad y unidad, igualdad y fraternidad.”


Monseñor Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia

domingo, 15 de junio de 2008

Antitópicos

No son pocos los católicos que se sienten confusos ante el bombardeo de tantos tópicos laicistas y/o anticlericales que estamos recibiendo. ¿Qué deberíamos hacer los obispos en esta situación? Si hablamos…, algunos dirán que estamos polemizando innecesariamente o que estamos “entrando al trapo”. Si callamos…, otros concluirán que “quien calla otorga” o simplemente, que la Iglesia no es capaz de dar respuesta a las acusaciones que se le hacen. Aun sabiendo que mis palabras serán objeto de interpretaciones encontradas, me dispongo a dar unas breves respuestas a algunos de los tópicos anticlericales más en uso:

1. “La Iglesia no sabe vivir en democracia”

Lo cierto es que, la Iglesia Católica tuvo un papel histórico muy importante en la transición española, y es de sobra conocido que su aportación fue esencial para la reconciliación de las dos Españas. La integración de la Iglesia en el marco democrático no fue nada complicada, y su labor a lo largo de todos estos años ha sido subsidiaria del derecho que la Constitución reconoce a las familias para educar a los hijos conforme a sus valores religiosos y morales.

En este contesto histórico, la Iglesia no aspiró a un marco político confesional, ni ha pretendido imponer la fe a nadie, sino simplemente proponérsela a los que así lo soliciten. ¿Es mucho pedir por nuestra parte que las autoridades políticas tampoco impongan obligatoriamente sus ideologías a las nuevas generaciones, sino que respeten el derecho de los padres a elegir libremente? ¿Es antidemocrático el proceder y el posicionamiento de la Iglesia?

2. “La Iglesia se mete en política”

El hecho de que un obispo escriba una carta del tenor de la presente, ¿supone una intromisión indebida de la Iglesia en la política? ¿O no debería ser interpretada, más bien, como una contribución más en esta sociedad, en pro del bien común y de la madurez del sistema democrático? No olvidemos aquella frase profética de Juan Pablo II: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto”.

3. “La religión tiene que ser expulsada de la escuela pública”

El movimiento a favor de la expulsión de la clase de religión del horario lectivo en la escuela pública, olvida que, estrictamente hablando, España no es un estado laico, sino aconfesional. La aconfesionalidad supone que ninguna religión sea discriminada con respecto a las otras, sino en función de la demanda de los ciudadanos. Por ejemplo, los padres musulmanes que quieren que sus hijos reciban religión en la escuela, tienen perfecto derecho a ello, si se reúnen el número mínimo de alumnos.

Quienes piden la expulsión de la religión de la escuela, no sólo están excluyendo a sus hijos de esta asignatura, sino que también aspiran a impedir que otros padres puedan elegir libremente esta opción.

4. “Estatuto abusivo de los profesores de religión”

Algunos critican que sea la Iglesia Católica la que tenga la facultad de dar el “visto bueno” a los profesores de Religión Católica en las escuelas públicas; así como que éstos reciban su sueldo de la Administración, como los demás profesores.

Pero, en el fondo, estas críticas tienen su origen en la resistencia a asumir todas las consecuencias que se derivan 27.3 de nuestra Constitución: “Los poderes políticos garantizan el derecho de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones morales”. El profesor de religión recibe la capacitación de la Iglesia, no en virtud de ningún privilegio eclesiástico, sino por el derecho de los padres a que su hijo sea formado según sus valores católicos. De lo contrario, ¿quién iba a formar adecuadamente a los profesores de religión, conforme a la sensibilidad demandada por los padres? Y respecto a la dificultad en admitir que quienes imparten religión católica formen parte de la plantilla del profesorado, ¿acaso los padres católicos no pagan sus impuestos exactamente igual que quienes eligen para sus hijos las asignaturas alternativas a la religión?

5. “La Iglesia vive a costa del dinero público”

¿Es cierta esa imagen que se transmite de que la Iglesia en España vive a costa del estado español? Algunos se han tomado la paciencia de hacer cálculos sobre el ahorro que supone anualmente para el Estado Español la vida de la Iglesia:

Si el Estado tuviera que hacerse cargo del coste del millón de alumnos de la Escuela Católica -atendidos en 5.141 centros de enseñanza-, además de asumir el cuidado de los enfermos de los 107 hospitales católicos, añadiendo los 1.004 centros de acogida, ambulatorios, dispensarios y asilos, 365 centros de reeducación social y 937 orfanatos; si tuviera que dar cobertura a los más de dos millones de personas que son atendidas por Cáritas y Manos Unidas… entonces podríamos calcular que tendría que desembolsar 36.000 millones de euros al año. Más aún, renunciamos a añadir otros cálculos, difícilmente cuantificables, como es el caso del movimiento turístico generado gracias al patrimonio de la Iglesia y a sus manifestaciones religiosas, etc. Sin embargo, resulta bastante sorprendente que con estos datos contrastables, la imagen que trasciende a la opinión pública sea la de un parásito social que vive del cuento. No tenemos otro remedio: Frente a los tópicos, paciencia y razones.

Monseñor Jose Ignacio Munilla

Obispo de Palencia

“El Norte de Castilla”

domingo, 8 de junio de 2008

La belleza salvará el mundo (el culto al Feísmo, el chikilicuatre)

Dice el refrán que “sobre gustos no hay nada escrito”. La expresión es falsa en su literalidad, pero además parece sugerir erróneamente que el gusto estético es un sentimiento arbitrario, sin que quepa establecer relación alguna de causa-efecto entre nuestros gustos y los valores objetivos que sustentan nuestra vida.

¡Nada más lejos de la realidad! Frente a quienes piensan que la verdad es ajena al mundo del arte y que “no hay que mezclar las filosofías con la estética”, lo cierto es que la belleza tiene una fuerza pedagógica para introducirnos en el misterio de la verdad, hasta el punto de que la belleza llega a ser transparencia de la verdad y de la bondad.

Cuando escuchamos una determinada pieza musical y llegamos a emocionarnos al experimentar su belleza, o cuando contemplamos algunas obras de arte que son elocuencia viva del misterio que representan, no nos cabe duda de que la expresión estética es el reflejo de la interioridad del hombre. Sin embargo, formulando este mismo principio en negativo, lo mismo cabría decir de tantas expresiones “estéticas” que parecen despreciar la belleza y hasta se regocijan en un “culto al feísmo”: la fealdad es la expresión del nihilismo y de la vaciedad de nuestra cultura.

¿Cómo tenemos que interpretar el enorme apoyo a determinados engendros estéticos, del estilo de esa canción tan manida, que últimamente se escucha en todas partes y a todas horas, por poner un ejemplo de nuestros días? No creo exagerar si digo que estamos ante una rebelión contra la belleza, la armonía y la elegancia, complaciéndonos en lo zafio, burdo y absurdo. La opción por lo antiestético, es expresión de la negación del sentido armónico de la existencia y, en consecuencia, de la posibilidad del gozo contemplativo. La fealdad procurada es lo más parecido que conocemos al placer del pirómano, que disfruta con la destrucción de la creación.

Frente a esta crisis cultural de fealdad, el cristianismo está llamado a continuar su ancestral vocación de “tutor” o “abogado” de la expresión estética. Ciertamente, la Iglesia ya no puede ejercer de “mecenas” del arte, en el sentido económico del término. Pero, sin embargo, existe otro tipo de mecenazgo más determinante, cual es la conjunción de los tres transcendentales: belleza, bondad y verdad. En efecto, estamos plenamente convencidos de que “la belleza es el esplendor de la verdad”, al mismo tiempo que “la santidad es la belleza absoluta”.

Conjuntamente con las tradicionales vías racionales para el conocimiento de Dios, la Iglesia siempre ha sostenido otro tipo de vías existenciales, como es el caso de la llamada “via pulchritudinis”, es decir, la belleza como camino para descubrir a Dios. En efecto, nosotros creemos que la belleza es “aparición” y no “apariencia”. En realidad, “lo primero que captamos del misterio de Dios no suele ser la verdad, sino la belleza” (Von Balthasar).

En resumen, la belleza es una clave fundamental para la comprensión del misterio de la existencia. Encierra una invitación a gustar la vida y a abrirse a la plenitud de la eternidad. La belleza es un destello del Espíritu de Dios que transfigura la materia, abriendo nuestras mentes al sentido de lo eterno. Traemos a colación una conocida cita de San Agustín: "Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión ("confessio"). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza ("Pulcher"), no sujeto a cambio?" (Serm. 241,2).

El título que hemos elegido para este artículo es una conocida frase de la novela El Idiota, de Dostoievski: “La belleza salvará al mundo”. Pero, “¿qué belleza salvará el mundo?”, pregunta un determinado personaje de esta novela, que se debate desesperado en medio del dolor. La respuesta a su pregunta se presenta como la tesis de la novela de Dostoievski: ¡Jesús crucificado! Si, ciertamente, la belleza salvará el mundo, pero la belleza ha de ser descubierta, no solamente en la gloria del Tabor, sino también en la figura sufriente del crucificado.

En efecto, nosotros no identificamos la belleza con la “guapura”, lo “atractivo”, lo “placentero”… En realidad, la belleza no es para nosotros una mera experiencia estética, sino que el concepto pleno y consumado de la belleza se identifica con la misma “santidad”. Por ello, no tendría sentido que buscásemos la belleza en meras manifestaciones artísticas, tales como la pintura, escultura, música… si al mismo tiempo dejásemos en el olvido que la vida de los santos es la realización y la manifestación más perfecta de la belleza.

Por el contrario, a la luz de la fe comprendemos que la fealdad por antonomasia no es el rostro sufriente del hombre, ni tan siquiera la misma muerte, sino el pecado. No en vano, el refranero cristiano enfatiza aquello de “¡es más feo que un pecado!”, al mismo tiempo que invoca a María –la preservada del pecado- como “la criatura más bella de la creación” o “la obra maestra del Creador”. Por algo decía Hans Urs von Baltasar -conocido como el “teólogo de la belleza”-, que “María es el esplendor de la Iglesia”.


Monseñor Jose Ignacio Munilla

Obispo de Palencia

Publicado en “El Norte de Castilla”

Las otras vías para llegar a Dios

El Catecismo de la Iglesia católica recoge la doctrina del Concilio Vaticano I, en la que se afirma la capacidad racional del hombre para conocer la existencia de Dios: “La santa Iglesia, nuestra Madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas” (CIC 36). A esto añade el mismo Catecismo una constatación realista: son muchas las dificultades que en la práctica tenemos para llegar al conocimiento de Dios, mediante el ejercicio de la razón (Cf. CIC 37).

Esas dificultades, lejos de decrecer, en nuestros días han aumentado. En efecto, la cultura dominante no se caracteriza por la racionalidad, sino por el impacto visual, visceral, puntual y voluble.

En este contexto, los argumentos metafísicos con los que Santo Tomás de Aquino demostraba en el siglo XIII la existencia de Dios, sin haber dejado de ser verdaderos, están supeditados a la capacidad de raciocinio del hombre, que no siempre podemos dar por supuesta. Desgraciadamente, la filosofía occidental contemporánea ha renunciado mayoritariamente a plantearse las cuestiones fundamentales sobre la verdad objetiva y el sentido de la existencia, para reducirse al ámbito de la practicidad inmediata, ignorando los anhelos más profundos del hombre.

Juan Pablo II describía así en la encíclica Fides et Ratio la crisis de pensamiento del momento presente: “Tanto la fe como la razón se han empobrecido y debilitado una ante la otra. La razón, privada de la aportación de la Revelación, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la razón, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal.” (n. 48)

En este contexto, y sin dejar en el olvido la labor subsidiaria que la fe está llamada a desarrollar en el terreno de la reflexión filosófica, es necesario proponer al hombre de hoy otras vías de acceso a Dios, que, aunque sean menos concluyentes desde el punto de vista racional, frecuentemente serán más efectivas, supuestas las características de nuestra cultura. Por lo demás, las vías racionales del conocimiento de Dios, siempre estuvieron complementadas con estas otras “vías existenciales”. Proponemos brevemente algunas de ellas:

1.- El testimonio de los santos:

Las virtudes heroicas que el Espíritu Santo ha suscitado en los santos, maravillan y cuestionan a todos aquellos que buscan la verdad y están dispuestos a seguirla una vez encontrada. En la historia de la Iglesia hemos podido comprobar frecuentemente que el testimonio de los santos ha ganado más almas para Dios que la erudición de los sabios. Es verdad que no debemos oponer las vías racionales a las existenciales, pero tampoco conviene que olvidemos aquel refrán: "Las palabras -a lo sumo- convencen, pero el ejemplo arrastra".

2.- El grupo cristiano:

Es claro que Dios es “familia” y que tiene un estilo “comunitario”. Quiso revelarse a un pueblo, y está especialmente presente allí donde nos reunimos en su nombre. El encuentro con Dios no se suele producir caminando “por libre”. De hecho, es mucho más difícil encontrar la meta caminando en solitario.

Por el contrario, Dios sale al encuentro del hombre en su Iglesia, y con frecuencia lo hace a través de otras personas o del arropamiento de algún carisma concreto.

3.- El cultivo de la paz interior:

El estrés sofocante que comporta nuestro ritmo de vida, ha desarrollado una sensibilidad especial que valora sobremanera la paz interior. La Iglesia está llamada a cuidar espacios de silencio para el encuentro con Dios. Uno de los signos de los tiempos que observamos con sorpresa en estos momentos de intensa secularización, es la gran atracción que ejercen los monasterios contemplativos.

Sin embargo, conviene que hagamos una matización: mientras que en determinadas escuelas, la paz interior se oferta como una “técnica” para alcanzar un estado psicológico placentero; sin embargo, la Iglesia predica la fe cristiana, no precisamente como una técnica de relajación, sino como la “clave de sentido” de la que la paz interior es una mera consecuencia.

4.- El humanismo cristiano:

En nuestra cultura agnóstica, el hombre es presentado como la medida de todas las cosas. La existencia de Dios se pone en cuestión, ante la sospecha de que la fe pueda mermar la autonomía del hombre. Sin embargo, estos prejuicios caen por su propio peso, en la medida en que se demuestra la capacidad humanizadora del cristianismo. La Iglesia ha sido y es experta en humanidad, de forma que en su experiencia nos muestra a Cristo como la culminación de las aspiraciones de plenitud de la humanidad y como el camino práctico para verlas realizadas. La historia se ha encargado de demostrar que sin Dios no hay creencia auténtica en el hombre.

5.- La capacidad crítica ante los límites del agnosticismo:

No podemos menospreciar la “vía negativa” para llegar a Dios. En efecto, hay quienes llegan a Dios por exclusión (“Si Dios no existe, todo está permitido” Dostoiewski). La cruda experiencia de la degeneración moral en la que desemboca la secularización, ha permitido a muchos superar sus prejuicios ideológicos de partida, para abrirse al hecho religioso con disposición receptiva. Chesterton lo expresaba con gran agudeza: “Quitad lo sobrenatural, y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”.

En resumen, las tradicionales vías racionales para el conocimiento de Dios, son complementadas por tantas vías “existenciales” de las que el Señor se sirve para salir a nuestro encuentro. No en vano, Benedicto XVI afirmaba en una de sus catequesis sobre los Santos Padres, que el camino privilegiado para conocer a Dios es el amor. “No existe un auténtico conocimiento de Dios sin enamorarse de Él”.

Monseñor Jose Ignacio Munilla

Obispo de Palencia

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No somos dueños

Uno de los problemas que tiene la Iglesia es que, con frecuencia, es percibida y juzgada bajo las mismas categorías de otras instituciones seculares con las que convive. Sin embargo, la naturaleza de la Iglesia es tan específica y singular -por motivo de tener su origen en Jesucristo- que su realidad es fácilmente distorsionada, cuando se pretende entender desde parámetros ajenos a ella:

¿Por qué la Iglesia no cambia muchas cosas de su vida interna? ¿No sería más práctico que se adaptase al momento presente, subiéndose al tren de los cambios culturales? Así como los ciudadanos eligen en cada momento el marco político que consideran más adecuado a la coyuntura y a las circunstancias, ¿por qué no puede la Iglesia también cambiar su marco estructural y ser más “semejante” al resto de la sociedad?

Sin embargo, sabemos que la Iglesia no se reconoce como “dueña” de lo que lleva entre manos desde hace veinte siglos, sino como “depositaria” de la Revelación divina, culminada en Jesucristo. El dueño no tiene problema en cambiar las cosas conforme a su criterio, mientras que la Iglesia tiene como primer cometido custodiar este depósito de la Revelación que Cristo le ha confiado, para cumplir su misión de transmitirlo fielmente al hombre de nuestros días. Por aquello de que, es mejor un ejemplo que mil teorías, me refiero a dos casos muy concretos que recientemente han ocupado los medios de comunicación:

1. ¿Bautizar con otra fórmula?

El 29 de febrero la Congregación para la Doctrina de la Fe hacía pública la respuesta a dos preguntas que le habían sido formuladas, en referencia a la práctica bautismal irregular registrada en alguna parroquia inglesa:

Primera pregunta: ¿Es válido el Bautismo conferido con las formulas «Yo te bautizo en el nombre del Creador, y del Redentor y del Santificador», y «Yo te bautizo en el nombre del Creador, y del Liberador y del Sustentador». RESPUESTA: Negativo.

Segunda pregunta: ¿Deben ser bautizadas en forma absoluta las personas que han sido bautizadas con estas fórmulas? RESPUESTA: Afirmativo”.

En consecuencia, la Iglesia no se considera capacitada para cambiar una fórmula sacramental que tiene su origen en el mismo Jesucristo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19).

Las presiones de la llamada “teología feminista” denunciaban que el lenguaje bíblico es “machista”, por referirse a Dios como el Padre y el Hijo, y buscaban unos términos asexuados. La respuesta de la Iglesia, supone la convicción de que no está para contemplar las ideologías del momento, sino para predicar una mensaje que trasciende tiempos y lugares.

2. Comunión de los celíacos

La Diócesis de Huesca presentaba públicamente, el Martes Santo, un documento sobre el modo de administrar la Sagrada Comunión a los celíacos, alérgicos al gluten del pan de trigo. En efecto, una madre cuyo niño se prepara para la Primera Comunión, había manifestado el deseo de que su hijo pudiese recibir la Comunión con pan de maíz. Ante la negativa a tal petición, algunos medios de comunicación lanzaron titulares como éstos: “Un niño celíaco sin primera comunión”, “Familia denuncia a la Iglesia por no dejar comulgar a su hijo celíaco”…

También en este caso la Iglesia se consideraba sin autoridad para modificar una fórmula sacramental, que tiene su origen en el mismo Jesucristo, quien celebró la Última Cena con pan de trigo y vino de uva, y que se ha transmitido de ese modo en la tradición de la Iglesia, hasta nuestros días. Por lo tanto, las formas de pan especiales que carecen absolutamente de gluten, son materia inválida para la Eucaristía, es decir, no se pueden consagrar. En el documento se explicita que los celíacos pueden comulgar de dos formas: bajo la especie de pan, utilizando formas especiales que contienen una pequeña cantidad de gluten de trigo, con lo que la materia empleada es válida para la Consagración Eucarística, sin que perjudique la salud de los celíacos; y también bajo la especie de vino.

Estos dos ejemplos se refieren a cuestiones muy concretas, pero son significativos y nos ayudan a entender mejor que no estamos capacitados para juzgar adecuadamente el proceder de la Iglesia, cuando partimos de una incomprensión de su carácter sobrenatural y de su estructura apostólica. La Iglesia está llamada a buscar nuevas fórmulas de evangelización, con capacidad de presentar el Evangelio al hombre y a la mujer de nuestros días, pero sin traicionar lo más mínimo el depósito de Cristo, del cual no es dueña, sino depositaria.

Si algunos concluyen que esta misión y naturaleza sobrenatural de la Iglesia, dificulta nuestra adaptación a los patrones culturales del momento presente, sería también justo añadir que nos preserva de muchos tópicos y de modas pasajeras. Como decía el genial Chesterton: «El catolicismo libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de nuestro tiempo».

Monseñor Jose Ignacio Munilla

Obispo de Palencia

Para el “Norte de Castilla”